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Libertad de conciencia

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09.04.2026

09 de abril 2026 - 03:08

La figura de Vittorio Messori, de quien ayer escribía con motivo de su reciente fallecimiento, sirve para proponer una reflexión sobre la posición de los católicos en la vida pública. “No reconozco como sagrada –escribió– ninguna institución humana: si busco lo sagrado, sé dónde encontrarlo; prefiero el original, no las imitaciones”. Lo halló en la Iglesia, el lugar “en el existía la posibilidad de acercarme al Jesús que había encontrado en los Evangelios”. Solo lo sagrado es sagrado. Y sus imitaciones son terribles. “Soli Deo honor et gloria”, no a los poderes temporales. Para el cristiano la última palabra la tiene Dios, no los poderes de la sociedad en que viva.

La sacralización de las instituciones humanas es propia de las dictaduras modernas que retrocedieron, en versiones ateas, a los tiempos paganos de la divinización de los faraones o de los emperadores romanos: el culto a la personalidad de los dictadores, sin llegar a la divinización porque eran ateos (comunistas) o neopaganos (nazis), alcanzó el pasado siglo extremos delirantes. Quienes fueron más lejos en estas imitaciones ateas de lo sagrado fueron los comunistas, que llegaron a dar tratamiento de reliquias exhibidas en mausoleos a los cuerpos de Lenin, Stalin (hasta su retirada en 1961), Mao Zedong, Ho Chi Minh o Kim il-Sung.

A lo que Messori alude es a la libertad de los creyentes frente a todos los poderes temporales, desde Tomás Becket enfrentándose a Enrique II hasta Dietrich Bonhoeffer a Hitler, pagándolo los dos con sus vidas, o el cardenal Vidal i Barraquer oponiéndose a Franco, pagándolo con el exilio en el que murió en 1943. Y no solo se trata de dictaduras. También en las democracias los creyentes se oponen a las leyes que más gravemente vulneran sus principios, como la Red Católica de Movilización que, apoyada por los obispos estadounidenses, se opone a la pena de muerte o la Conferencia Episcopal Española oponiéndose a la consideración del aborto como un derecho, animando “a todos los miembros del pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad a rechazar cualquier atentado contra la vida”, lo que incluye la objeción de conciencia de los médicos. Porque también las leyes democráticas, con toda su legitimidad, pueden atentar contra la dignidad humana y el derecho a la vida.

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