Un diablo cerúleo
CON EL lanzamiento de la continuación a ‘El diablo viste de Prada’ en los cines de todo el mundo, las conversaciones alrededor de la verdad y la ficción sobre Anna Wintour toman de nuevo el patio social. La editora implacable, que Meryl Streep interpretó en la película bajo el nombre de Miranda Priestly y a su vez convertida en icono popular, ha dado forma a las tendencias, el mercado de la moda y millones de armarios en el mundo, sean conscientes o no los compradores.
Bajo las enormes gafas que refuerzan su inexpresión, Wintour ha orquestado una industria a su antojo sin perder la privacidad, o con milimétricas concesiones prediseñadas. Su ira, su temperamento, su ferocidad, su olfato, su visión, su arrojo. La leyenda de la editora y periodista se viste con detalles, como su corte de pelo estilo bob o la armadura que parece encontrar en los abrigos largos, pero se escribe con trazo fino y miedo a salirse de la raya. La supervivencia a la crisis de reputación tras la publicación de la novela de Lauren Weisberger, luego película, fue el espaldarazo para una mujer de muchos motes, pero pocas guerras. Esta imagen se completa con la biografía recientemente publicada en España, ‘Anna’ de Amy Odell.
Wintour no posee una historia de superación a sus circunstancias familiares ni una salida de un entorno desfavorecido. Su infancia y adolescencia transcurrió entre la comodidad económica y el silencio imperante, casi marcial, que su padre imponía en el hogar. También periodista, Charles Wintour trabajaba para el Evening Standard como editor jefe, mientras que su mujer, Eleanor Baker, se dedicaba al hogar y aportaba importantes sumas de dinero por su condición de heredera de una familia cuáquera. El silencio, priori surgido por cuestiones de orden, respondía también al hondo pesar paterno por la muerte del primogénito en un atropello.
Anna Wintour debe a su padre, según explica, el sentido del deber y, por parte materna, hizo propio el ojo de lince para captar la fragilidad humana y sus deseos. Pese a haber sido educada en instituciones londinenses solo accesibles para la aristocracia y la altísima burguesía, la joven carecía de interés por cualquier materia. La rebeldía, sin embargo, le salía innata. A los 14 años, Wintour acortó la falda de su uniforme varios centímetros y dio forma a su cabello con unas tijeras. Corte a corte esculpió una primera versión, luego perfeccionada, de su clásico estilo: el ‘pageboy bob’.
Dos años después, la muchacha abandonó la escuela y generó así una gran decepción en su familia, en la que cada miembro había sacado al menos una formación universitaria. Harto de ver a su hija desperdiciar los días leyendo revistas de moda, el padre arrastró a su hija a la boutique Biba, el templo de las minifaldas en los años 60, y logró que Wintour fuese........
