Animales
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CompartirEs prerrogativa de los maduros tolerar las modas a las que sucumben los jóvenes, con la ceja más o menos arqueada y desde la plataforma ... de un hecho constatable: todos hemos sido jóvenes. Pero cuando la tendencia atenta contra el principio de la dignidad humana no podemos permanecer indiferentes porque la dignidad humana no es un accesorio opcional. Estoy hablando de los chavales que se identifican con animales y organizan quedadas para comportarse como tales. No se disfrazan ni escenifican, sino que afirman haber experimentado una especie de revelación zoológica relativa a su identidad. El fenómeno surge sin duda de la cultura digital, que convierte la excentricidad en analogía, en un mercado fraudulento de autoexplicaciones que ofrece etiquetas y vende falsa pertenencia. Nietzsche ya advertía que «el hombre prefiere querer la nada a no querer» y, en este contexto saturado de pseudoidentidades, los menos consistentes prefieren identificarse con un perro y degenera «en cosas inferiores», en terminología de Pico della Mirandola, antes que no destacar por nada en absoluto.
Culturas chamánicas ancestrales, ayudadas a menudo por drogas, cultivaron rituales en los que espíritus animales se apoderaban de personas, como los maniotus de los indígenas norteamericanos, por ejemplo. En el antiguo Egipto, los dioses con cabeza de animal representaban una fusión simbólica y los berserkers vikingos entraban en combate convertidos en osos o logos, con su ferocidad, aunque no se creían animales. La diferencia es que la «Therianthropy» no es simbólica, sino literal; no ritual, sino cotidiana. Nos interroga al resto, como sociedad que reconoce que la libertad individual termina donde choca con la dignidad humana. Los humanos somos más que impulsos e instintos. Mucho después de la Escuela de Salamanca, Hannah Arendt aclaró que «la esencia humana es el derecho a tener derechos». Y Kant nos describió por la capacidad de darnos leyes a nosotros mismos. El retroceso es insoportable.
A diferencia de los animales, los humanos leemos a nuestros antepasados, quizá ahí esté el problema. Y somos responsables. Podemos envidiar a los perros por no tener que pagar impuestos ni ocuparse de los miembros más débiles de la jauría, pero no somos como ellos. Y lo más irónico es que quienes adoptan esas identidades animales ignoran por completo la realidad de la vida animal. Ser un lobo no es aullar a la luna desde la comodidad de un dormitorio, sino sobrevivir al invierno, competir por la comida, aceptar jerarquías brutales y, con frecuencia, morir joven.
Rousseau decía que «el hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive encadenado», pero incluso él prefirió las cadenas sociales a las de la naturaleza y escribió sobre el buen salvaje, pero no vivió como él. La paradoja es deliciosa: quienes dicen «rechazar lo humano» lo hacen desde la absoluta seguridad que solo la sociedad humana proporciona.
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