El cuento de AENA
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CompartirPodía empezar con el clásico érase una vez, pero como le guardo un enorme cariño a Juan Muñoz Martín voy a cambiar. Comienzo, ahora sí: ... pues señor, esto eran veinte aviones que vivían en un aeropuerto muy antiguo, próximo al río Tormes, muy cerquita de Salamanca.
Cuando principiaba el día, todos los aviones iban en fila, unos detrás de otros, por las pistas del aeropuerto. Todos pintaditos de blanco, con las alas relucientes en las que se reflejaban el sol o las luces de dirección. Todos con sus inmensas barrigas llenas de maletas y las persianas de las ventanillas abiertas, como los ojos del niño que no se quiere ir a la cama porque dice que no tiene sueño.
Cada avión tenía un cometido y, a pesar del intenso trajín, en el pequeño aeropuerto reinaba la armonía y el sosiego. Daba gusto oírles agitar sus hélices y despegar. Estaba el avión Jordi, que iba y venía de Barcelona. La aviona Idaira –que también hay avionas, no faltaba más– que tenía el reborde de las alas de amarillo chillón y que en cuanto te descuidabas se iba a Canarias y luego volvía la mar de contenta. Al avión Marc lo que le gustaba era reflejarse en el Mediterráneo sobre las Baleares y era uno de los que más viajes tenía que hacer.
No es que nuestros aviones estuvieran volando así a lo loco todos los días. Había unos que despegaban más y otros que despegaban menos. Incluso había algunos aviones más esquivos que se dejaban ver raramente y que eran recibidos con enorme alegría por el resto de aviones, tocando las campanas a todo trapo por la megafonía del aeropuerto.
En verano, cuando estaban a punto de empezar los cursos de español para extranjeros de la Universidad de Salamanca, se dejaban aterrizar por aquí el avión Luigi, que llegaba atronando con sus óperas; el avión Pierre, que llevaba pintados unos refinados bigotes en la cabina y tomaba tierra diciendo oh, la, lá y traía un cargamento de baguetes (con b). También un avión llamado Palmerston, que decía que era lord y llevaba un monóculo sobre la ventanilla delantera derecha, a través del que aseguraba que veía amanecer sobre la niebla con Buckingham al fondo. Y hasta venía el avión Smith con sus espuelas en las alas que cruzaba el Atlántico alternándose con la aviona Bruninha, que traía el ritmo metido en las turbinas. Alguna vez se llegó a ver al avión Haruto, que presumía de que venía de donde nace el sol.
Todo era felicidad en el aeropuerto y cuando los aviones se iban a dormir en fila a sus hangares estaban muy contentos de todo lo que aportaban a la ciudad.
Resulta que AENA se ha metido a promotor literario con un gran premio de un millón de euros, cuya primera ganadora ha sido, por cierto, una obra sensacional: «El buen mal», de Samantha Schweblin. Resulta que sí, es un libro de cuentos. Y como soñar es gratis y a veces es lo único que nos queda, no me digan que el de los aviones por Salamanca sí que era un cuento de premio.
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