23-F: verdad y madurez
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CompartirAquel lunes no salí del instituto hasta las siete. Casi de noche, pasé por la farmacia, como tenía previsto. Entonces no había internet ni teléfonos ... móviles, pero la radio nos informaba y en la botica, mientras compraba aspirinas, me enteré de que algo raro pasaba en el Congreso. Aceleré el paso y, al llegar a casa, mi madre me dijo que un comando etarra había entrado a tiros en las Cortes. Entonces el terrorismo se percibía como la principal amenaza y la votación del nuevo presidente del Gobierno parecía la ocasión perfecta para liarla parda. Pronto supimos que los guardias civiles eran de verdad, como los de Pavía en 1874, y que los mandaba un teniente coronel que muy poco tiempo antes había sido condenado a siete meses de cárcel por haber participado en otro intento de golpe. Con el recuerdo de la Guerra aún vivo, en Salamanca hubo quien hizo planes para irse a Portugal. Ya de madrugada, el mensaje del Rey, luciendo cuatro de cuatro, recondujo la situación. España entera salió el viernes siguiente a la calle en defensa de la democracia. Bajo la lluvia, en Madrid se congregaron millón y medio de personas. Fue la mayor manifestación de la historia de nuestro país.
Hoy reverdecen quienes piensan que los españoles somos gente levantisca, incapaz de gobernarse por sí sola; que, como decía la canción, necesitamos palo largo y mano dura para evitar lo peor. Debería estudiarse un poquito más en las aulas nuestra historia más reciente. Enseñar a quien no sabe no es sólo una obra de misericordia, sino también una vacuna contra los males del pasado.
Cuarenta y cinco años más tarde, con la Ley de Secretos Oficiales de 1968 aún vigente, el Gobierno ha sacado de la caja fuerte un manojo de documentos sobre aquellos sucesos. Que se oculte el pasado so pretexto de evitar males mayores equivale a tratarnos como idiotas; a dudar de nuestra responsabilidad, que es la otra cara de la libertad. Bienvenida, pues, la desclasificación. Lástima que la selección que se ha hecho aporte tan poco. Para saber que los golpistas, además de criminales, eran tan inútiles como catetos no necesitábamos montar este circo. Tampoco para saber que la mujer de Tejero se debatió durante esas horas entre llevarle la tartera al Congreso y majarlo a palos por tonto. A pesar de la coincidencia, dudo mucho que don Antonio –que urdió una candidatura en las elecciones generales de 1982 para conseguir 28.451 votos en toda España– haya muerto del susto. Descanse en paz.
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