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Un «pipi can» de juzgado

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07.03.2026

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En la ciudad de Salamanca hay más perros que niños menores de 14 años. Así era hace dos años y es probable que ahora la ... diferencia sea aún mayor, porque la cifra de mascotas no deja de crecer mientras la natalidad salmantina se mantiene en mínimos.

Los pisos colmena no encajan bien en esta nueva tendencia social, en la que los espacios para perros se presentan como una vía de escape. Pero la falta de una buena planificación puede generar serios problemas de convivencia que, en los casos más extremos, terminan de la peor manera: vecinos enfrentados e incluso denuncias de animales muertos por envenenamiento.

Esto es lo que ha ocurrido en el barrio de Prosperidad. El «pipi-can» del bulevar Padre Enrique Basabe ha sentado precedente al propiciar una sentencia insólita, o al menos poco habitual: un juez ha ordenado su cierre para preservar el bienestar de los vecinos, que soportaban ladridos de hasta 45,8 decibelios dentro de sus viviendas durante horas.

Primero se intentó limitar el problema imponiendo un horario de uso. Prohibirlo entre las 23:00 y las 8:00 horas no fue suficiente y los conflictos continuaron hasta que el juzgado de lo Contencioso-Administrativo ha terminado ordenando el cierre del espacio.

Este periplo demuestra que cuando un conflicto cotidiano acaba en los tribunales suele ser señal de que la gestión pública llegó tarde. El primer error, y probablemente el principal, fue la elección de la ubicación: un recinto encajado entre edificios que amplifican el sonido de los ladridos y terminan por desesperar a los vecinos que intentan concentrarse mientras teletrabajan, a quienes acaban de dormir a un niño o, simplemente, a quienes tratan de descansar.

Es fácil ponerse en su lugar y sentir cómo va creciendo el enfado ante una escena que, en apariencia, resulta amable e incluso entrañable: un dueño jugando con su perro en el parque canino.

Y es que en el mismo espacio urbano tienen que convivir terrazas, bicicletas, coches, parques infantiles y pipicanes, todo ello compatible con el descanso vecinal. El urbanismo ha dejado de ser solo una cuestión técnica para convertirse también en una herramienta de convivencia. Pero el conflicto del espacio para perros de Prosperidad no es exclusivo de Salamanca. Este mismo año, en Castellón, vecinos y padres de un colegio han recogido firmas para exigir el cierre de un «pipi-can junto» al centro ante el temor de que genere problemas de salubridad y de convivencia con los niños más pequeños.

En Barcelona conocen bien este debate. En 2014 se vivió un caso muy similar: los vecinos pidieron cerrar un área canina por los ruidos y los malos olores derivados de orines y excrementos. El Ayuntamiento optó por cerrarla por la noche, pero la medida no apagó el conflicto.

Todo indica que las mascotas seguirán aumentando en nuestras ciudades. Para muchas personas son compañía, rutina e incluso su única familia. Por eso las administraciones deben anticiparse y ofrecer soluciones a estos nuevos escenarios antes de que deriven en enfrentamientos vecinales.

El Ayuntamiento de Salamanca estudia recurrir la sentencia que obliga a cerrar el «pipi-can» de Prosperidad o bien cambiarlo de lugar: los vecinos proponen un espacio amplio junto a la potabilizadora. Tal vez la solución no sea eliminar estos espacios, sino planificarlos mejor. Porque si las ciudades del siglo XX se diseñaron pensando en los coches, las del XXI tendrán que aprender a hacerlo también pensando en los perros, en todo tipo de mascotas y, sobre todo, en los vecinos que viven junto a ellos.

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