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Los sainetes de la Moncloa

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26.02.2026

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Los españoles nos hemos convertido en sufridos espectadores de una obra de teatro. El autor, los directores de escena y los tramoyistas son los asesores ... que nacen, se reproducen y mueren dentro del Palacio de la Moncloa. Sánchez y sus ministros sólo son actores que recitan de memoria el guion que ellos les reparten.

Esos tipos, maldita sea, son verdaderos ingenieros sociales. Saben a la perfección qué obra hay que representar cada día para que los españoles nos entretengamos en discusiones cainitas, desde la más baja crisolinfa del patio de butacas hasta la más refinada escoria del gallinero.

En mi opinión, el programa teatral parece pergeñado a base de aquellos «entremeses» que hicieron las delicias de nuestros ancestros. No me refiero, claro, al plato de ibéricos que algunos restaurantes todavía ofrecen en sus cartas, sino a esa especie de obrita teatral, breve y de carácter cómico, que antes se solía intercalar, por ejemplo, a mitad de algún auto sacramental, tan metafísicamente aburridos.

Recuerdo que entre los libros de mi abuelo estaban todos los magníficos sainetes, una forma evolucionada del entremés, de los hermanos Álvarez Quintero. No tan interesantes, sin embargo, como los que se sacan del caletre esa cáfila de mampolones de la Moncloa. No se olviden, por ejemplo, de la profanación necrofágica de la tumba de Franco. Recordemos también el viaje al final de la noche de aquellos cinco días de retiro espiritual; más el crucero, gratis total, de la gorda por el Mediterráneo; sin hablar del linchamiento político del joven Mazón por el descuido imperdonable de no tocar el pito.

Ahora acaban de estrenar otro par de sainetes: el primero, una guerra a muerte entre el soldado Sánchez y sus mariachis, por un lado, y Elon Musk y sus chicos tecnológicos de la camada de Bill Gates. Bueno, pues el segundo sainete trata de la enésima vuelta de tuerca al asunto del 23-F, digo yo que por ver si Javier Cercas descubre, de una vez por todas, de dónde demonios son los golpistas.

Todos sabemos que la esencia histórica y el fondo político de estos dos sainetes, lo mismo que los demás, a Pedro Sánchez le importan un carajo. En cuanto a su guerra contra los cachicanes de las tecnológicas, él sabe perfectamente que la ha perdido antes de empezarla. Su enemigo es tan abusadoramente peligroso que no se le puede vencer acusándolo de un delito fiscal, como a Capone. Me refiero a que sus rivales son dos payasos industriales de la categoría de Elon Musk, multibillonario, y James David Vance, un vicepresidente que ha salido de las cuevas altamiranas del Silicon Valley. Dos guripas apoyados desde la retaguardia por los financieros más ricos, sinvergüenzas y codiciosos del planeta. Un ejército demasiado poderoso para un individuo, que sólo cuenta con una banda blindada con falsas medallas: un tal Koldo, portaviones insignia del sanchismo; un tal Ábalos y su batallón de troteras y danzaderas; el chato Cerdán, estratega experto en la batalla de Waterloo; y el ministro Marlaska, especialista en policías cachondos y narcotraficantes agradecidos.

En cuanto al asunto de Tejero, como en el fondo la cosa va de atacar a la monarquía, tampoco lo veo yo como un invento que pueda ayudar a Sánchez en las próximas elecciones. Mucho menos en Castilla y León, comunidad donde se le odia tiernamente, tanto o más que en el resto de España.

El problema es que mientras llega su derrocamiento, tampoco me importaría que fuera mediante sufragio, la demolición de España continuará su andadura hasta conseguir unos niveles de calamidad que ni los drones y misiles de Putin provocarían en caso de ataque. Que los agricultores y ganaderos nos digan adónde les llegan las pérdidas. Por favor que acabe pronto la temporada teatral.

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