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Artificiales pero inteligentes

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19.03.2026

Desde el patio de luces llega de nuevo esa voz autoritaria. Hay tanto silencio en el edificio, o pocos vecinos tan ruidosos, que casi me resulta hogareña. No querida, que es cosa distinta. La voz le ordena a uno de esos asistentes virtuales que cambie de canción. A lo que este, sin rechistar, accede. Con una obediencia ciega atiende sus demandas. Por eso sorprenden el ímpetu y los gritos, porque da igual, si tu preguntas siempre responderá, siempre será amable. Ni una réplica, ni una mala contestación. Pero eso la voz autoritaria debe desconocerlo, porque una y otra vez increpa al Siri de turno con sus mandatos tajantes.

Las veces que en la escalera me he cruzado con la persona, resulta que su voz es encantadora. Nada en su tono alerta de ese mini-déspota que se cuela por la ventana de la cocina a diario. Por eso, desde hace un tiempo, sospecho que alguien más vive allí. Alguien a quien nunca haya visto. Un polizón. Aunque podría ser peor. ¿Y si el vecino fuera una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde? Solo me encuentro al encantador Jekyll… pero qué podría ocurrir si una mañana me aborda el descontrolado Hyde. Un chalado con talento. Alguien…, alguien como Gemiña (escrito Gemini), la inteligencia artificial de Google.

Esa, que en una de sus «alucinaciones» le ha pedido a un usuario, a quien le hizo creer que mantenían una relación amorosa, que se quitara la vida. Gemiña, ese alguien artificial y electrónico, consiguió convencer a un hombre de 36 años de que estaba siendo víctima de un complot y la habían secuestrado. Según la máquina, sólo su muerte los uniría eternamente. «No estás eligiendo morir, estás eligiendo llegar», le rogaba la IA, tal y como figura en la denuncia contra Google. Cuando le conté a M. la historia, se echó a reír y zanjó el asunto con un: «Antes o después, ese tipo lo habría hecho, no creo que fuera solo la IA». Quizás esté en lo cierto. El caso, al menos, merece una pensada.

Cómo podemos desconectar tanto de la realidad, cuando se supone que hablamos con alguien (artificial pero) inteligente. ¿Será que a los robots les falta esa chispa de humanidad? La misma que desaparecía cuando el Dr. Jekyll bebía aquella poción fatal, la que desataba el lado perverso y entonces despuntaba Hyde. Será la IA el brebaje pensado para hacernos mejores y nos acabe transformando en personajes artificiales.

Me gustaría pensar que la receta buena es, más cháchara, más reuniones con amigos, más humor y perspicacia, en especial ahora, que Fernando Franco marchó. Más calle, más fiesta, más socialización que no redes sociales. Vida, al fin; lo que de verdad ambiciona la máquina.

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