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Guerra contra el terror II: el regreso del intervencionismo

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08.03.2026

En uno de sus primeros discursos tras el ataque de Estados Unidos contra Irán, Trump afirmó que, si el país norteamericano es la nación más poderosa y rica del mundo, y ha gozado de un gran nivel de vida y seguridad, lo es porque «hemos hecho cosas que otros no son capaces de hacer». Y volvió a enfatizar el peligro que supondría «para todos los americanos» si Irán, un estado que «crea grupos terroristas», consiguiera hacerse con armas nucleares. «No podemos permitir que extorsionen al mundo. No podemos permitir que nos lo hagan a nosotros o que se lo hagan a los demás». Esta última parte de la alocución («o que se lo hagan a los demás»), que rebosa un espíritu inconfundiblemente intervencionista, casi de carácter wilsoniano, parece contradecir algunos puntos programáticos del movimiento MAGA: no interferir en los asuntos de otros países, acabar con las guerras interminables en Oriente Próximo, dejar de ejercer de policía del mundo, enfocarse en los problemas internos y detener el aumento del déficit generado mediante un gasto desproporcionado en aventuras militares que, a largo plazo, acaban siendo contraproducentes para los intereses estadounidenses.

Uno de los argumentos principales esgrimidos por esta Administración es la seguridad nacional. Aunque hemos escuchado varios motivos tras el comienzo de las hostilidades, desde la promoción de un cambio de régimen y la protección de Israel, hasta la defensa de los derechos humanos y el peligro inminente que representa el programa iraní de misiles balísticos. Hace poco, el senador republicano Lindsey Graham calificó el conflicto como una «guerra religiosa», o sea que podríamos añadir el elemento «cruzada» a la lista de las causas. Se recurre, además, a conceptos como «guerra preventiva» para justificar la decisión. Y se menciona el anhelo, compartido por muchos demócratas en todo el mundo, de que en Irán se instaure por fin un régimen de libertades y se termine con la represión violenta contra las mujeres, los asesinatos de disidentes, el fundamentalismo religioso y la tiranía.

Este escenario nos retrotrae a la invasión de Irak orquestada por el Gobierno de George W. Bush en 2003. En aquel entonces, los neoconservadores, promotores de aquella operación, ahora tan detestados en los ámbitos de la derecha populista, también exponían unos argumentos similares. Utilizaban incluso las mismas expresiones. En la cadena Fox News iban todos a una, como van hoy, en defensa de la guerra. Y muchos de sus partidarios cuestionaban el patriotismo y la lealtad de todo aquel que ponía objeciones a la acción militar, por muy técnicas, sensatas y bienintencionadas que fueran, en casa y en el extranjero, a veces incluso acusando a los discrepantes de servir al enemigo. Recordemos cuando en algunos establecimientos estadounidenses, entre ellos la cafetería del Congreso, cambiaron el nombre de las ‘french fries’ (patatas fritas) por ‘freedom fries’, como protesta simbólica a la negativa de Francia a apoyar la guerra. O cuando el secretario de Defensa Donald Rumsfeld distinguió entre una vieja y una nueva Europa, dependiendo de qué nación se sumaba o no a la misión del presidente republicano.

En el eje franco-alemán, que se mostraba poco convencido de la legitimidad y el sentido estratégico de la ofensiva, se hallaba, por supuesto, la versión más anticuada y decadente del continente, ya inútil para la superpotencia incomprendida que lideraban Bush, Cheney y Rumsfeld, la cual se veía obligada a realizar, por el bienestar de todos, el trabajo sucio que los delicados europeos no querían asumir. Y, ahora, el Gobierno de Trump, como ocurrió con la Ley Patriótica aprobada durante la presidencia de Bush, también parece estar dispuesto a sacrificar la privacidad de sus ciudadanos en nombre de la seguridad, basándonos en cómo negocian con las empresas especializadas en inteligencia artificial y el contrato ofrecido por el Pentágono, donde no se contemplan restricciones de ningún tipo («para cualquier uso legal»), dejando así abierta la posibilidad del empleo de las nuevas tecnologías en sistemas de vigilancia masiva.

Los miembros de esta Administración insisten en que no envían tropas sobre el terreno. Que la campaña terminará en unas pocas semanas, sin necesidad de desplegar la infantería, evitando así la multitud de ataúdes envueltos en la bandera y jóvenes soldados con estrés postraumático. Insisten mucho en esto porque saben que una proporción considerable de su electorado (esa que no ve Fox News porque obtiene la información a través de los pódcast, los programas de YouTube y otros medios digitales) sí parece escéptica, incluso molesta, ante esta medida, que podría resultar un punto de inflexión a la hora de votar en las próximas elecciones. Todavía desconocemos las consecuencias que puede tener este conflicto en términos geopolíticos y económicos. Aunque conviene recordar el célebre dicho: cualquier cosa que una nación rompe fuera de sus fronteras se convierte ineludiblemente en un objeto de su propiedad. E Irán no es Venezuela.

Algunos neoconservadores, más allá de la inexistencia de las armas de destrucción masiva, creían en la expansión de la democracia en Oriente Próximo, como los halcones de Trump creen ahora que, tras esta nueva entrega de «la guerra contra el terror», puede emerger un Irán libre. La historia de esa región, sin embargo, también nos advierte sobre otra hipótesis, esperemos que equivocada: el régimen (o lo que queda de él) se desploma con aparente rapidez, pero estalla una guerra civil, mientras un grupo de radicales, convenientemente adoctrinados a luz de los mártires, planea vengarse del enemigo exterior en su propio territorio... Y, pasados unos años, regresamos, de nuevo, al punto de partida, a la espera de que otro demagogo nos venda la promesa de una paz mundial lograda gracias al arte de cerrar acuerdos en los rascacielos de Manhattan.


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