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Gente con principios

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05.04.2026

Una de las destrezas de Donald Trump es su capacidad para hacer que algunas personas se transformen a la luz de su presencia. Los evangélicos han cambiado la teología para justificar su comportamiento. Los adversarios de partido, por supervivencia política, se han convertido en sus fans más histéricos. Los periodistas afines han tenido que crear una realidad alternativa. Los intelectuales expusieron tesis en las que explicaron su necesario papel de disruptor. Los historiadores realizaron las comparaciones pertinentes para normalizar su doctrina y su legado. Los economistas liberales han tenido que defender el proteccionismo y los conservadores aislacionistas, la intervención militar. Los líderes mundiales se han visto obligados a emplear otro lenguaje y otras formas para adaptarse a su nivel. Y, entre sus enemigos, no ha hecho más que incrementar el odio y desprecio que sienten hacia él.

Esto es, hasta cierto punto, uno de los efectos más interesantes de la entrada de Trump en la política nacional. Porque, de esta forma, nos ha proporcionado una información que desconocíamos. Hemos descubierto que había gente, aparentemente decente, coherente y formal, capaz de hacer cualquier cosa para aferrarse al poder o para seguir manteniendo un cierto nivel de vida. Algunos, por supuesto, lo habrán hecho convencidos de que sus argumentos no solo son legítimos, sino razonables. Que un día se puede decir de alguien que es el Hitler americano y al día siguiente agradecerle que salve la civilización occidental. Que uno puede ser un fundamentalista religioso, y el más mojigato entre los mojigatos, y al mismo tiempo enorgullecerse de codearse con un hombre que suele quebrantar un buen número de los valores morales que dice proteger. Que uno puede considerar intolerables e ilegales unas manifestaciones y, en cambio, celebrar la existencia de otras, dependiendo de si las causas propagadas en ellas agradan o desagradan. Que los principios ideológicos, como decía Groucho Marx, están para ser reemplazados cuando dejan de resultar útiles. Hasta los pilotos de los helicópteros pueden saltarse el código militar para saludar a Kid Rock si la celebridad en cuestión es uno de los nuestros y permanece consistente en sus alabanzas al líder.

De ahí que los que merecen más admiración de todos los que participan en este teatro, quizás, no sean tanto sus detractores más comprometidos o sus seguidores más leales, sino aquellos que permanecieron donde estaban, sin dejar que el clima los arrastrara a posiciones estridentes ni permitir que esta presidencia cambiara su forma de pensar. Son personas que siguen defendiendo lo mismo que defendían antes. Es decir, que lo mismo que les parecía mal con Obama no les parece bien con Trump. Que, cuando sus convicciones chocan con las del líder republicano, lo expresan en público y en privado como lo expresarían antes con cualquier otro presidente. Que no se han movido de sitio para satisfacer a los de su tribu. Que, en suma, entienden que no todo vale para seguir siendo relevantes.

Muchas de estas personas han perdido su influencia y en ocasiones su trabajo. Ya no pintan nada en un mundo en el que, para continuar gozando de protagonismo, tienen que jurar fidelidad a uno de los bandos. La mayoría de estas personas son gente conservadora y tradicional que, pese a rechazar las ideas que proponen los adversarios, no comparten esa máxima de que los enemigos de tus enemigos se convierten inevitablemente en tus amigos. Estas personas son periodistas, políticos e intelectuales. No es que no hayan cambiado de opinión sobre algunos asuntos. Es que, simplemente, se han negado a cambiarla solo y exclusivamente por el hombre que ahora gobierna. Estas personas han hecho lo más admirable que uno puede hacer en estos tiempos de odio y polarización: estar a la altura de las circunstancias, incluso a pesar de estas, alejándose de las masas que desean reclutarlos mientras afrontan con dignidad el castigo que reciben por ello.


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