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Lo extraordinario

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09.03.2026

Newsletter de actualidad deportivo por Juan Carlos Álvarez

El Celta está en ese momento en el que cualquier plan, por descabellado que parezca, sale bien. Lo normal es que la historia de la camiseta perdida de Madonna, con el cinco de Espinosa a la espalda, hubiese acabado en ese bonito homenaje a cargo de SonDeSeu que versionaron antes del partido ante el Real Madrid «Like a prayer», la canción que provocó la ira romana en 1990 y la cancelación de un par de conciertos de aquella gira, circunstancia que Vigo aprovechó para traer a la «ambición rubia» a Balaídos. Pero no. Madonna no solo respondió al llamamiento hecho por el Celta sino que lo hizo con un mensaje que perfectamente podía haberle redactado Gael (el Claudio del marketing) para alimentar el relato y redondear aún más su obra. Porque lo tenía todo en apenas tres líneas. A la señora Ciccone solo le faltó decir que se ponía la camiseta para dormir por las noches, o despedirse con un «era falta a Fer López» o un «nos vemos en Estambul» que a estas horas tendría a los aficionados buscando paredes donde pintar murales con su cara.

Valga lo de Madonna como termómetro de un club consciente de que lo importante sucede dentro del campo, pero que entiende los gigantescos beneficios de reforzar las costuras que le unen a su historia, a su tierra, a su cultura, a su gente. Ahora que la música sigue sonando a todo trapo (que diría el estratega porriñés) tal vez no veamos con claridad los resultados de toda esta ola de identificación. Sucederá cuando vengan mal dadas y arrecie la tormenta (que algún día vendrá, cíclica como el paso de las estaciones). Ahí comprobaremos hasta qué punto ha llegado esta conexión y el sentido de pertenencia, de obra en común. Dudo mucho que entonces escuchemos pitidos en el minuto veinte de un partido en el que estén en juego más que tres puntos, algo que por ejemplo está empezando a suceder en la tierra que encuentra en las ampliaciones de capital la solución a todos sus problemas.

Todo ocurre en vísperas de una semana extraordinaria que por obligación nos va a quitar el regusto amargo de esos últimos minutos contra el Real Madrid en el que una sucesión de rebotes (el tiro al palo de Iago, el rebote afortunado del último disparo de Valverde) y una inhibición arbitral (la falta a Fer López) dejó al Celta (menos Celta que otros días) sin alguno de los puntos que merecía. Porque en un plazo de seis días esto va a ser una locura: el miércoles los juveniles juegan la semifinal de la Copa del Rey en busca del primer gran título de la historia en esta categoría para el club; al día siguiente llega la ida de esa eliminatoria contra el Olympique de Lyon que puede abrir las puertas del cielo; el viernes el filial (atropellado con saña desde hace semanas) recibe al líder Tenerife en el duelo que podría acercarle aún más a la promoción a Segunda; y el domingo los juveniles tal vez disputen la final de la Copa del Rey y por la tarde el Celta peleará en Sevilla por el quinto puesto ante el Betis. Es difícil mejorar un programa así, es complicado encontrar un club que pueda presentar a su médico de cabecera una analítica mejor. Lo de Madonna es extraordinario y te abre puertas inaccesibles para un equipo de fútbol de provincias, pero lo es mucho más toda esta secuencia de desafíos que retrata la dimensión alcanzada por la estructura deportiva del Celta. Verlo como normal sería un error, verlo como una consecuencia es la clave de todo.

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