Torrente, retrato hispano
Como un torrente, la última aparición de Torrente en el cine ha batido récords de taquilla: y no es de extrañar. El personaje creado por Santiago Segura parece el reflejo de una buena parte de España, por más que -algo ingenuamente- creamos que se trata tan solo de una fracción minoritaria de la sociedad.
Torrente es en realidad lo contrario de un héroe. Sucio, corrupto, malhablado, putero, racista, machista, homófobo y devoto de Franco, el protagonista de la última película de Segura fue en sus orígenes una simple caricatura. El paso de los años ha acabado por convertirlo en un personaje extrañamente reconocible.
Al director de la peli le ha bastado con reproducir al pie de la letra algunas de las frases que se oyen por ahí y ponerlas en boca de Torrente. El resultado es cómico y a la vez inquietante. Es mucho el personal que encuentra atractivas las ideas expresadas por el que un día fue antihéroe de película. Y no solo eso. También las vota.
Bien es verdad que casi ningún ciudadano de este país admitiría que lo tachasen de racista. A lo sumo dirá, si fuera el caso, que su tirria a los moros o a los negros no se basa en el color de la piel, sino en sus costumbres. Pero a continuación añadirá que todos los negros y moros tienen los mismos hábitos, por supuesto inaceptables.
En casos así, la mejor prueba es la del ciclismo. Basta comentar, como quien no quiere la cosa, que el Gobierno va a tomar medidas contra los negros, los árabes, los gitanos, los judíos y los ciclistas. «¿Y por qué contra los ciclistas?», suele objetar la mayoría de los encuestados. No hay más preguntas, Señoría.
La de Segura, que es una mera película, no alude tan solo a los que se han tomado en serio a Torrente y hablan como él. El autor copia con igual soltura algunas de las frases del actual jefe del Gobierno -a quien nadie reputará de facha- y de otras gentes de la izquierda.
Quizá eso explique el rotundo éxito de «Torrente presidente», que ha superado de lejos en su estreno a los filmes norteamericanos habitualmente triunfadores en la taquilla. Todo el mundo puede ver representadas sus filias y sus fobias en la pantalla, con lo que cada uno puede reírse de lo que más le apetezca.
Queda claro, en todo caso, que la política es en España una variante de la comedia: si acaso, con menos gracia. No hay más que ver por la tele una sesión del Congreso de los Diputados para caer en la cuenta de que el personaje de Torrente, tan faltón y grosero, ha acabado por servir de inspiración a los representantes de la soberanía popular.
Ninguna novedad hay en eso. Decía Oscar Wilde que la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida. Bien pudiera ocurrir que Torrente sea tan solo un espejo de lo que sucede en el país.
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