La voz de la joya
El 15 de agosto de 1945 los japoneses escucharon por primera y última vez la voz de su emperador, a la sazón un dios viviente. Japón se rendía luego de las dos bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero la palabra “rendición” nunca fue pronunciada por el emperador. En un lenguaje que es una pieza maestra de diplomacia, el emperador solo habló de “aceptar las declaraciones conjuntas de las potencias para poner fin a la guerra”. Las palabras de su alocución radial dejaron un impacto que hoy no podemos imaginar para la época. Los japoneses lloraban, se desmayaban o se inclinaban ante la radio, aceptando lo que su emperador les estaba comunicando: “soportar lo insoportable y sufrir lo insufrible”. Aquello fue denominado “La voz de la joya”. Recuerdo esto no solo porque precisamente esta semana se produjo ese hecho histórico, sino también porque mucho tiene que ver con la comunicación política. El emperador, sin saberlo, estaba aplicando los principios de Nicolás Maquiavelo y Baltasar Gracián allá por el siglo XVI. Estos afirmaban que mientras más se expone un jefe de Estado con su voz y........
