No es un voto de confianza, es un voto por la estabilidad
El Perú atraviesa uno de esos momentos en los que la política no puede actuar como si el país estuviera pasando días normales. No lo estamos. Vivimos una coyuntura compleja en la que convergen al menos tres factores que deberían llevarnos a reflexionar con serenidad, responsabilidad y, sobre todo, con sentido patriótico. El primero tiene que ver con los efectos cada vez más visibles del calentamiento global. El país soporta en estos días un período particularmente intenso de lluvias tanto en el norte como en el sur. Las pérdidas económicas son evidentes: carreteras dañadas, campos agrícolas afectados, ciudades parcialmente paralizadas y miles de familias enfrentando una situación de incertidumbre. El impacto también alcanza al sistema educativo. A menos de un mes del inicio de las clases escolares, todavía no sabemos cuántos colegios estarán en condiciones adecuadas para recibir a nuestros niños. Y como si ello no fuera suficiente, el daño sufrido por el ducto de gas de Camisea ha provocado problemas de abastecimiento en los grifos y la paralización de industrias que dependen de esta fuente de energía limpia. Es una cadena de dificultades que golpea directamente la vida cotidiana de millones de peruanos. El segundo factor proviene del escenario internacional. La guerra en el Medio Oriente está teniendo ya consecuencias económicas directas. El aumento del precio del petróleo en el mercado mundial impacta inevitablemente en países importadores de energía como el Perú. Pagamos más por el combustible y, como suele ocurrir, ese incremento termina trasladándose al costo del transporte y al precio de los alimentos. Es decir, presiona la inflación y afecta el bolsillo de las familias. El tercer elemento es político. En pocas semanas el país acudirá nuevamente a las urnas para elegir a sus autoridades. Sin embargo, los últimos sondeos empiezan a mostrar un escenario de polarización que recuerda, lamentablemente, el proceso electoral pasado, aquel que colocó al Perú al borde de un abismo institucional. La combinación de estos tres factores debería llevarnos a actuar con prudencia. No estamos en una situación normal. Y cuando el país atraviesa momentos extraordinarios, las decisiones políticas deben estar guiadas por un principio superior: el interés nacional. Por eso, los congresistas que hoy tienen en sus manos decisiones cruciales deben pensar con el corazón en el pecho. No en clave partidaria, ni ideológica, ni electoral. Deben pensar como peruanos. Esta situación me trae a la memoria un episodio de nuestra historia política reciente. Durante el gobierno del presidente Alberto Fujimori, mientras el país enfrentaba una guerra con el Ecuador, el Congreso evaluaba censurar a un ministro. En una sesión reservada, el presidente Fernando Belaunde —senador vitalicio— pidió a los parlamentarios reflexionar. Les pidió que, en lugar de avanzar en la censura, votaran con sentido patriótico. Yo era diputado en ese momento y fui testigo de aquel episodio. Recuerdo la serenidad y la fortaleza moral con la que Belaunde se dirigió al Parlamento. El Congreso lo escuchó y finalmente se unió en una sola decisión: descartó la censura. Algo de ese espíritu necesitamos hoy. Porque en las circunstancias actuales, más que un voto de censura, lo que el Perú necesita es un voto por la estabilidad.
*Ex primer vicepresidente del Perú
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