¿Seguiremos enlodados o iniciaremos una república estable?
Hace tiempo, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE)debió ejercer su rol constitucional: organizar, liderar y fiscalizar estas elecciones. Pero ni sabe, ni opina, ni arbitra sobre un asunto de su total competencia. Juan Pueblo tiene que resolver los enigmas derivados de los colosales problemas generados por… el JNE. Entre otros, permitir que en la ceremonia electoral de hoy participen treintena y media de candidatos presidenciales y toda una fanfarria de decenas de miles de postulantes para disputar el cargo de congresistas. Como podrá apreciarse más adelante, una desinformada, abrumadora, manipulada ciudadanía deberá someterse a un proceso electoral que ni siquiera sería posible en países avanzados, dada su colosal complejidad y su consistente necedad. Hoy, los peruanos volvemos a mirarnos al espejo de nuestra historia. Y la imagen que devuelve no es amable: es la de una nación desgarrada, hecha flecos por una sucesión de gobernantes que jamás estuvieron a la altura del mandato constitucional. Sujetos que llegaron al poder abusando de una sociedad mayormente iletrada, fragmentada, pauperizada y mal orientada. Y enfrascados en el segundo cuarto de este siglo, seguimos pagando esas infames decisiones. No suavicemos el diagnóstico. Este país ha sido infamemente conducido por manos y voluntades viles, mezquinas y ambiciosas, que confundieron el Estado con un botín. Vimos cómo se diluían instituciones que costaron décadas construir; cómo se normalizaba que la improvisación y la corrupción se convirtieran en hábito general; y cómo la mentira se constituyó en método estable de gobierno. Fuimos testigos del deterioro moral que aquello produjo. Y hoy, nuevamente, esta responsabilidad nos regresa. Porque la democracia –con sus taras y heridas– es el único espacio desde donde aún podemos corregir el rumbo, con la esperanza puesta en que el Perú nunca repita sus errores. Hoy no solo elegiremos un gobierno. Definiremos entre seguir siendo aquel país que se resigna, o una nación que se sacude de sus taras. Elegiremos entre la apatía que nos ha debilitado y la fe que podría salvarnos. Optaremos entre la indiferencia –que permitió que los peores llegaran al poder, donde nunca debieron llegar– y el compromiso con un futuro exitoso que necesitamos construir. ¡No hablamos de entusiasmo, porque eso hace mucho nos fue arrebatado! ¡Hablamos de votar por responsabilidad! ¡Por memoria, por dignidad, por la certeza de que un país no se reconstruye desde el desencanto, sino desde la difícil decisión de perseverar, de nunca abandonar la tarea! Perú ha sobrevivido a crisis mucho más profundas que esta; resistido guerras, dictaduras, colapsos económicos, violencias terroristas. ¡Todas parecían irreversibles! Pero lo que no puede permitirse jamás es aceptar la rendición ciudadana. Es decir, dejar de creer en que nuestro primer deber es defender nuestro país; nuestro patrimonio; nuestro Estado. Hoy asistiremos a las urnas acompañados de nuestros antepasados, y nuestras vivencias serán historia. Nos acompañará una pregunta vertebral: ¿qué futuro estamos procurando? Hoy cada voto constituirá un acto de fe, un compromiso de coraje, esperanza y respeto por este Perú que, desesperadamente, sigue esperando fiel, decididamente que lo salvemos.
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