Cuando la causa se convierte en negocio
Se está instalando una peligrosa normalización: organizaciones que nacieron bajo la bandera de la defensa animal hoy operan en un esquema donde la sostenibilidad económica parece haber desplazado a la causa. No se trata de negar la necesidad de financiamiento. Se trata de advertir cuándo ese financiamiento deja de ser un medio y pasa a convertirse en el verdadero objetivo. Cuando el flujo de marcas, donaciones y auspicios no va acompañado de estándares claros de transparencia y rendición de cuentas, la pregunta ya no es incómoda, sino obligatoria: ¿a quién sirve realmente la causa? Resulta aún más preocupante cuando estas estructuras se rodean de asesorías legales “rojas” e ideológicas que responden a corrientes que el país ha cuestionado durante años. En un contexto donde el Perú busca alejarse de modelos radicales que han debilitado instituciones y promovido agendas ajenas al interés ciudadano, sorprende que ciertos espacios opten por guardar silencio sobre esos vínculos cuando ya no les resultan convenientes. Es imposible callar ante ello. Seguiremos dando a conocer que nadie que nos recuerde el terrorismo que sufrimos con el MRTA, donde nuestros animales eran asesinados y colgados en postes, pueda regresar a nuestro país, ya que nos ha costado tanto que muchos peruanos votaran por Castillo; las consecuencias las vivimos hasta ahora y no sabemos cuándo terminarán. Y que, detrás de estas ONG, aparezcan los mismos nombres: no existe la casualidad, sino la causalidad. No es la primera vez que vemos este patrón. Hace años, una organización ampliamente difundida terminó envuelta en cuestionamientos públicos que evidenciaban una profunda contradicción entre el discurso de bienestar animal y prácticas que generaron indignación, como el sacrificio de animales sanos. Esta fue descubierta en un programa de Beto Ortiz en esos años y, gracias a él, desapareció. Hoy, muchos no lo recuerdan, pero es precisamente la memoria la que debería prevenir que la historia se repita, porque se está repitiendo, pero en diferente contexto. Por eso, el llamado no es a la desconfianza generalizada, sino a la vigilancia activa. A la fecha, quienes hoy se suman, quienes respaldan, quienes incluso proyectan liderazgos o candidaturas desde estos espacios —porque los hay, débiles, pero existen— deben tener claro que el escrutinio será inevitable. Porque cuando se trata de animales —de compañía, silvestres o de granja— no hay espacio para dobles discursos. La defensa animal no puede ser un vehículo de posicionamiento, financiamiento o influencia. Debe ser, ante todo, un compromiso real, y ese compromiso empieza por la transparencia. Y desde esta ventana estaremos muy atentos.
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