Homenaje a Augusto Ferrero Costa
Buenas tardes. Es un gusto estar hoy aquí con ustedes para rendir homenaje a Augusto Ferrero Costa, fallecido hace casi tres años. Agradezco al magistrado César Ochoa Cardich, director del Centro de Estudios Constitucionales del Tribunal Constitucional del Perú (TC), por haberme convocado para participar en él y le felicito por impulsarlo. En lo que sigue, quisiera centrarme en el aspecto que considero más importante de Augusto: su carácter. Yo creo que Augusto fue un gran jurista, pero, sobre todo, un gran caballero. Tenía un alto sentido del honor y del decoro; ajustaba su conducta a normas exigentes y entendía el peso institucional de sus decisiones; era considerado en el trato con los demás y no trataba de aprovecharse de nadie; se exigía más a sí mismo que a los demás y estaba siempre dispuesto al sacrificio. Su paso por el TC le hizo mucho bien a esta institución e indirectamente a todo el país. Conocí a Augusto en 1988, cuando fui convocado de urgencia por la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima para cubrir la plaza de Vicente Ugarte del Pino, quien había tenido un problema de salud. Entonces, él era decano. Posteriormente, nos encontramos en el jurado del Premio Manuel J. Bustamante de la Fuente, que él integró en representación de esa universidad. Empero, solo lo conocí a fondo durante los cuatro años y medio (setiembre de 2017-mayo de 2022) en que coincidimos en el TC. No siempre votamos igual, pero nuestra principal discrepancia fue respecto de la emisión de sentencias interlocutorias, un aspecto procesal. Ambos entendíamos que debíamos aplicar fielmente la Constitución de 1993, sin utilizar la interpretación como coartada para imponer nuestros puntos de vista. Además, considerábamos que ese texto era bueno, y buscaba el desarrollo del país con base en la libertad económica y el orden político. Un momento importante en su paso por el TC fue el 2 de diciembre de 2019. Ese día, debíamos elegir al sucesor de Ernesto Blume en la presidencia para los dos años siguientes. Solo Augusto tenía el mandato vigente. Por ello, Blume lanzó su candidatura. Sin embargo, otro colega propuso la candidatura de otro más con el mandato vencido. De inmediato, Augusto retiró su candidatura y propuso la de Marianella Ledesma, para que, finalmente, una mujer fuera Presidente del TC. Augusto no estaba para pelear por un puesto público. Si se lo ofrecían, podía tomarlo, pero sin darse codazos con nadie. Llegó a la presidencia del TC recién dos años después, cuando Ledesma lanzó su candidatura, en correspondencia con su noble gesto previo. En esa oportunidad, a propuesta de Augusto, fui elegido vicepresidente. En los cuatro meses y medio en que compartimos responsabilidades, con el apoyo de Ernesto Blume, corregimos algunos de los desaciertos anteriores. Quiero solo recordar dos: • El 10 de febrero de 2022, declaramos que el Presidente puede hacer propuestas —pero no cuestión de confianza— sobre responsabilidades exclusivas del Congreso, del Poder Judicial y de los demás organismos constitucionales. • El 11 de marzo de 2022, restablecimos la sentencia de 2013 que había estimado el habeas corpus presentado por los miembros de la Marina de Guerra del Perú, que participaron en el develamiento del motín de El Frontón en 1986. Estas decisiones remecieron al país. Sin duda, se requirió valentía para liderarlas, como lo hizo Augusto. Poco después, sin embargo, tuvo que afrontar una situación aún más delicada. El viernes 13 de mayo de 2022, tendríamos sesión de Pleno de manera remota. Como siempre, lo llamé unos minutos antes para revisar la agenda. Me contó que al mediodía se reuniría en el TC, en el centro de Lima, con los magistrados que el Congreso había elegido dos días antes. Me pidió que lo acompañara. Accedí. Luego de la sesión, fuimos juntos al TC. Allí, después de pasear por las oficinas con algunos funcionarios, los nuevos magistrados pidieron hablar a solas con Augusto y conmigo. Entonces, recordaron las frustradas renovaciones del TC de 2019 y de 2021. En esas oportunidades, sectores del país, acostumbrados a manejarlo como su chacra desde sus rincones oscuros, recurrieron a mecanismos increíbles para impedir la renovación del TC. En 2019, el Presidente del Consejo de Ministros presentó un proyecto de ley para modificar las reglas de elección del TC, la misma mañana en que el Congreso votaría su renovación. Como este agendó para la tarde el debate de la propuesta y continuó con la votación, el Presidente de la República lo disolvió. En 2021, una jueza de primera instancia provisional dictó una medida cautelar que suspendió la elección de nuevos magistrados porque, a su juicio, el concurso público no había sido transparente. Dados tales antecedentes, los nuevos magistrados expresaron su preocupación por que ello volviera a ocurrir y pidieron juramentar de inmediato. Al consultar mi opinión, le recordé a Augusto los votos singulares que emitimos en 2019, respecto de la juramentación frustrada de Gonzalo Ortiz de Zevallos, indicando que, según la Ley Orgánica del TC, es prerrogativa del Presidente tomar juramento a los nuevos magistrados. El Pleno podía opinar, pero no decidir, al respecto. Por tanto, solo a él le correspondía decidirlo. Augusto llamó al secretario general Óscar Díaz, aquí presente, y le pidió que leyera la norma. Entonces, la escuchó con atención y procedió a juramentar a los nuevos magistrados. En setiembre de 2022, al vencer su mandato, Augusto dejó la Presidencia del TC. ¿De dónde provenía la integridad de carácter de Augusto? Al menos en parte, creo que de la devoción que profesaba por su padre, Raúl Ferrero Rebagliati, uno de los peruanos más distinguidos del siglo pasado. Augusto siempre lo tenía presente y buscaba honrar su memoria. Pienso que lo consiguió. Descansa en paz, querido Augusto. Que “los coros de ángeles arrullen tu sueño”.
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