La globalista Bachelet no es una opción para la ONU
Hace unas semanas, consultada sobre su posición respecto al aborto, la candidata presidencial Keiko Fujimori respondió que no estaba de acuerdo, aun cuando el embarazo fuera producto de una violación. No obstante, recientemente ha declarado a favor de que la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet, lidere las Naciones Unidas (ONU) como representante de Latinoamérica. Ante la pregunta, respondió: «Bachelet sería una gran representante de la región». Esta opinión contradice totalmente su posición anterior. Es completamente opuesta, porque fue Bachelet quien aprobó en Chile dos leyes profundamente nocivas: i) el mal llamado matrimonio homosexual y ii) la ley de identidad de género. Esta última, por ejemplo, ha permitido que en Chile incluso menores de edad puedan acudir a instancias judiciales para exigir intervenciones médicas que implican la mutilación de órganos sexuales sanos bajo la lógica del cambio de sexo. Esas leyes fueron promovidas activamente por Bachelet antes de dejar la presidencia y responden a una visión ideológica muy clara. Por eso considero grave que se pretenda presentar su trayectoria como impecable. Promover a alguien con esa impregnación ideológica para un cargo internacional es ir en contra de la defensa de la vida, la familia y los valores morales que sustentan los verdaderos derechos humanos. La ONU no es un espacio neutro; al contrario, tiene un marcado sesgo ideológico a favor del progresismo. Desde allí se elaboran resoluciones, estudios y recomendaciones que luego se utilizan como referencia para diseñar políticas públicas en diversos países. Personalmente he podido constatarlo cuando tuve la responsabilidad de trabajar como asesor en la comisión investigadora de los textos escolares que incluían enlaces con contenido sexual explícito. Durante ese proceso escuché repetidamente a funcionarios del Estado señalar que el Perú simplemente estaba cumpliendo compromisos internacionales. Esos compromisos, en muchos casos, se originan precisamente en organismos internacionales como la ONU. Por eso afirmo de manera categórica que, desde mi partido, Renovación Popular, jamás propondríamos a alguien como Bachelet para ese cargo. Y por eso también llama la atención el visible cambio de discurso de Keiko Fujimori, quien ahora respalda —a pesar de las diferencias ideológicas— a una figura política que ha promovido abiertamente el progresismo. A mi juicio, esto evidencia un doble estándar y una falta de profundidad en el análisis de estos temas. No se trata solo de simpatías personales. Estamos hablando de una agenda ideológica que tiene implicancias profundas para nuestros países. Si algún cristiano está considerando que esta puede ser una opción electoral, los invito a reflexionar. Nadie que realmente esté en contra de la llamada Agenda 2030 puede promover a quien ha dedicado buena parte de su carrera política a impulsarla.
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