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Óscar Puente, en vía muerta

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17.04.2026

17 de abril 2026 - 05:45

LA investigación del accidente ferroviario de Adamuz ha incorporado un elemento nuevo que altera de forma sustancial el marco político y ético del caso. No estamos ya ante la discusión, reiteradamente aplazada, sobre la asunción de responsabilidades políticas, sino ante un hecho mucho más grave: la sustitución de tramos de carril dañados a kilómetro y medio del lugar del siniestro del 18 de enero sin informar previamente a la autoridad judicial encargada de la instrucción.

En un Estado de derecho, cualquier actuación sobre infraestructuras vinculadas a una catástrofe con 46 víctimas mortales exige una obligación básica: preservar las pruebas y no interferir en la investigación judicial. Intervenir sobre la vía sin comunicación al juzgado, por órdenes verbales y sin respaldo técnico documentado, no es una irregularidad menor. Es una conducta que raya con la obstrucción a la Justicia.

Adif no se ha comportado como un gestor público orientado a conocer la causa real del accidente para explicarla a las víctimas y al conjunto de la sociedad. Su actuación transmite una lógica defensiva, más preocupada por intervenir sobre el escenario que por asegurar una investigación sin sombras. Y el Ministerio de Transportes, lejos de corregir esa deriva, ha optado por fomentarla.

El intento de desplazar el foco hacia otras administraciones, como la Junta de Andalucía, o de insinuar responsabilidades ajenas en la gestión de emergencias agrava la percepción de que el objetivo no es esclarecer lo ocurrido, sino diluir culpas. Cada minuto dedicado a señalar fuera es un minuto perdido para asumir dentro lo que corresponde a quien gestiona la red ferroviaria.

Este comportamiento no es un detalle ni un episodio aislado. Compromete la confianza institucional y erosiona la credibilidad del Estado ante las víctimas y ante una sociedad que exige transparencia. Cuando las decisiones técnicas se adoptan al margen del control judicial, el problema deja de ser técnico para convertirse en político.

Llegados a este punto, la conclusión resulta inevitable: Óscar Puente está en vía muerta. Su continuidad al frente del Ministerio de Transportes no es viable en un escenario marcado por la opacidad y la falta de lealtad institucional. Mantenerlo en el cargo no sólo agrava la crisis de confianza, sino que coloca al PSOE en una situación de enorme gravedad política en Andalucía en un contexto electoral ya de por sí adverso para los socialistas.

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