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Refugio

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07.04.2026

07 de abril 2026 - 03:07

Hay momentos en la vida de cada cual en los que necesitas cubrirte con un escudo que te proteja de lo que te hace daño, porque todos tenemos ese límite en el que vemos que no cabe una gota más.

Ese lugar puede ser concreto o abstracto. Puede ser interior o exterior. Puede aislarte absolutamente o protegerte sin dejar por ello de ensimismarte tanto que seas incapaz de reconocer los problemas que existen y poder responder cuando sea necesaria tu presencia. Creo que existen en cada una de las personas que danzamos en este mundo loco y perturbador en el que habitamos.

Mi refugio, mi isla pequeña, habitada por todo lo que la imaginación humana haya podido crear, es la lectura.

Ya, antes de leer, esos signos que acompañaban las páginas ilustradas de los libros que mi prima mayor tenía, me producían un interés, que en el acceso a las claves de ese misterio antiguo, como el de Eleusis, me harían conocer, me convertirían en una seguidora, pero solo de los signos, porque de los mensajes, solo quedaba la información y un espíritu crítico, que me iba a ayudar a discernir mucho mejor lo que querían decir.

Sólo en momentos dónde el miedo, el dolor o la amargura me han vencido, he perdido la capacidad de leer. Todo un año. Mi mente se pobló de angustia y no había espacio para ningún otro símbolo.

Por eso ahora, cuando el ruido externo es tan insoportable, cuando el dolor que observo en muchos lugares es tan intenso, antes de bloquearme, leo. Y leo como siempre, sin órdenes externas; sin seguir lo que la crítica o los demás puedan pensar que es bueno. Leo con afán lo que me atrae o de aquello que considero que no tengo opinión. Y busco entre los gnósticos, aquellos que sí conocen sus claves y después con todo lo leído, tengo ya un argumento que entiendo y puede seguir creciendo.

No hay mejor terapia para curar, para fortalecer, para deshacerse de dolores y abatimientos, que leer un libro. Te protege pasiva y activamente. Por eso desde aquí les doy las gracias a todos aquellos que me dotaron de esta poderosa arma que no destruye sino construye. Desde mi madre que me señalaba las letras que formaban mi nombre y en el librito de primeras palabras me ayudaba a unir la m con la a y vuelta a reunir, y nacía esa mamá primigenia. Y de ahí en adelante a todas las maestras y maestros que siguieron guiándome por la senda de la lectura, y ya mayor me dieron las claves no solo de unir letras, sino de entender lo que ellas encerraban.

Y desde este refugio personal, clamo, como el poeta Celaya, que las palabras escritas son un arma de futuro.

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