Por encima de la verdad está la monarquía
Pedro Sánchez no es un político de principios ni de grandes convicciones. Para sobrevivir políticamente es capaz de hacer de la necesidad virtud siempre que haga falta, puede llegar a acuerdos con Dios y con el Diablo, si es necesario al mismo tiempo, pero no es un suicida y sabe hasta dónde puede llegar. Nunca cruzará las líneas rojas que marcan los poderes del Estado profundo. Ciertamente ha constituido una mayoría parlamentaria en el Congreso que ideológicamente es republicana, pero eso es fruto de su audacia en la compra de apoyos a bajo precio. No entra en sus planes plantear ningún cambio estructural del Estado y menos aún poner en cuestión la monarquía, ni siquiera incomodarla.
Después de 8 años en el poder, todavía es hora de que Pedro Sánchez cumpla los compromisos adquiridos cuando se presentaba como un rebelde contra el establishment de la Transición. La primera promesa y la más solemne fue la derogación de la ley de seguridad ciudadana, más conocida como la ley mordaza, denunciada por las entidades de defensa de los derechos humanos. Ni derogada ni reformada, ha sido aplicada con contundencia hasta acumular cientos de miles de sanciones a personas que resultaban antipáticas a los policías. Tampoco se han reformado los artículos más represivos del Código Penal contra derechos y libertades; se mantiene la ley de secretos oficiales, prácticamente heredada del franquismo; las cloacas del Estado han seguido practicando la guerra sucia contra adversarios políticos del Gobierno e incluso contra los aliados parlamentarios, y los servicios de inteligencia han continuado espiando y persiguiendo impunemente a sus sospechosos habituales.
La falta de coraje reformista del presidente español se comprueba también en el respeto a las estructuras de Estado consolidadas. Hará las trampas retóricas que hagan falta para embaucar a los catalanes con la financiación singular, pero........
