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El debate que nos pertenece

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30.03.2026

Hay una escena que se repite cada mañana en millones de hogares de esta península compuesta por tantos países confrontados. Alguien enciende la televisión, abre una red social o despliega un periódico digital y lo que encuentra es un campo de batalla. Acusaciones cruzadas, declaraciones incendiarias, titulares diseñados para provocar indignación. Durante unos minutos, ese ciudadano —que tiene una hipoteca que pagar, un hijo al que educar, un padre al que cuidar o un negocio que sacar adelante— se ve arrastrado a una discusión que no ha elegido, sobre un tema que no le quita el sueño, protagonizada por personajes cuya principal destreza es ocupar el centro del escenario sin decir nada que merezca la pena ser recordado.

Conviene detenerse a pensar en lo que esto significa, porque lo que está en juego no es menor. No se trata únicamente de que la política española y catalana atraviesen un momento de especial crispación —que lo atraviesan—, sino de algo más profundo y preocupante: hemos permitido que las élites políticas determinen el terreno de juego, el reglamento y hasta el marcador. Y nosotros, los ciudadanos, hemos aceptado el papel de espectadores de un circo que, en el mejor de los casos, resulta estéril y, en el peor, corrosivo para la convivencia democrática.

La crispación no es un fenómeno espontáneo. Es un producto manufacturado con esmero por quienes más se benefician de ella. Los partidos políticos —y subrayo el plural, porque casi ninguno escapa a esta lógica— han descubierto que la polarización es un combustible extraordinariamente eficaz. Mantiene movilizada a la base electoral, simplifica mensajes que de otro modo requerirían matices incómodos y, sobre todo, evita que el debate público se centre en aquello que verdaderamente importa: la gestión, los resultados, las soluciones concretas a problemas concretos.

Algunos medios de comunicación, lejos de ejercer la función de contrapeso que les corresponde en una democracia sana, han optado por alimentar esta dinámica. No todos, desde luego, pero sí los suficientes como para que el ecosistema informativo se haya convertido en una prolongación del ring político. Las tertulias funcionan como trincheras donde cada contertulio defiende a su bando con la fe del converso, y la audiencia se organiza no en función de la calidad de la información, sino de la intensidad de la confirmación de los propios prejuicios.

La crispación no es un fenómeno espontáneo. Es un producto manufacturado con esmero por quienes más se benefician de ella. Los partidos políticos han descubierto que la polarización es un combustible extraordinariamente eficaz

La crispación no es un fenómeno espontáneo. Es un producto........

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