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Los maestros

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25.03.2026

El primer libro que publiqué se lo dediqué a quien, seguramente, haya sido el profesor más importante de mi vida como estudiante. Se llama Enric Vilaplana, y la última vez que lo vi fue hace un mes, en una comida, disfrutada en la casa que tienen él y Piti, su mujer, también profesora. Ambos están jubilados, pero mantienen el espíritu combativo con el que crearon la escuela Nabí, liderados por Elisa Moragas, a principios de los años setenta. Elisa tiene en Vallvidrera una calle dedicada —merecidamente— a su memoria.

Enric fue mi profesor de 6.º de EGB, y me ayudó a rehacerme tras salir destrozado psicológicamente de la escuela Aula, gobernada con mano de juez inquisidor por Pere Ribera, un histórico de la docencia barcelonesa. Yo no encajé en Aula, y Enric me ayudó a salir del agujero, con el objetivo de volver a ser un estudiante normal. Dentro de la escuela Nabí, Enric era considerado por los alumnos un profesor exigente, pero en aquellos tiempos, la exigencia en la escuela no era juzgada como una rareza, sino que formaba parte del sistema. Si estudiabas, aprobabas, y dentro de los aprobados, había una escala que iba de la excelencia a la suficiencia, sin eufemismos. Y recuerdo a Enric cabreado por una fechoría, o por la nula implicación de un alumno, y puedo asegurar que aquellos enfados no dejaban a nadie indiferente, y que servían —como diríamos en un lenguaje coloquial— para que el alumno se pusiera las pilas. Pasados los años, la única forma como supe mostrarle mi agradecimiento fue........

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