El paciente Salvador Illa
La raza mediterránea vive feliz en la desconfianza profesional. Cuando hay un accidente ferroviario o similar, de inmediato se nos impone la tentación de pensar que hay más muertos de los que “nos cuentan” (este plural del sujeto elidido se refiere casi siempre a las autoridades, pero también a los expertos, sanitarios y periodistas), pues no hay nada que pueda superar la tentación de ocultar algo. También ha ocurrido recientemente con la dolencia presidencial de Salvador Illa, sobre la que muchos charlatanes —antes de conocer el diagnóstico de osteomielitis púbica— ya sabían que debía tratarse de algo más chungo, porque, joder, tío, ya me dirás si hacen falta dos semanas para curar una simple dolencia muscular. La desconfianza también se ha dirigido al supuesto trato diferencial del que pueda disfrutar el Molt Honorable, el cual, según fuentes muy cercanas, fue atendido y está siendo tratado como cualquier conciudadano.
Los desconfiados desconfían sobre todo de esta última cuestión y resulta bien comprensible, porque nuestros médicos también son seres humanos, y no creo que el juramento hipocrático se........
