2026
Empecé el año pasado certificando, fatigado, que las cosas, en especial todo aquello relacionado con el deseo y la vida misma, se acaban tarde o temprano. Esta simple constatación, tan fácil de averiguar como peliaguda de rumiar, me regaló unos cuantos meses de insoportable angustia. Soy terriblemente cobarde a la hora de afrontar el dolor corporal y los ataques imprevistos de pánico (primero un cierto martirio en el brazo izquierdo, concretamente debajo de la axila, después el latido convulsivo en el pecho y la consiguiente falta de aire; finalmente, el mareo y el sudor) estuvieron muy cerca de ablandarme el cráneo. La mayor parte de los días solo podía viajar entre el hogar y la biblioteca, que aún hoy es mi máquina predilecta de pensamiento; cuando tenía que ir al teatro o de concierto, buscaba un palco con la avidez de la viuda que querría evitar la antigua querida de su marido. De noche solo me calmaba el humo de un cigarro y, una vez dentro de la cama, sentir que Spielmann respiraba remolona, aprobándome la asignatura del amor.
Ya tiene cojones que me haya pasado la vida leyendo a Baudelaire, a Ors, a su tía en patinete... y no haya entendido una puta........
