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Los canallas duermen en paz

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01.03.2026

El caso Montoro podría ser uno de los mayores episodios de corrupción de la historia de la joven democracia española. El exministro de Hacienda está acusado de utilizar su despacho de abogados para cobrar cerca de diez millones de euros en comisiones de grandes empresas de gas y electricidad a cambio de normativas fiscales favorables. La investigación en curso aventura que el despacho, que escogió el aséptico e inexpresivo nombre de Equipo Económico, canalizó comisiones disfrazadas de informes de asesoramiento fiscal para desviar cincuenta millones de euros a distintos paraísos fiscales. A pesar de la gravedad del caso, apenas se habla de él en los medios y los jueces no parecen tener prisa. El procedimiento contra el exfiscal Álvaro García Ortiz discurrió con la rapidez de un monoplaza de la Escudería Ferrari, mientras que el caso de Montoro avanza con la lentitud de un tractor con el motor medio gripado. Mientras tanto, el exministro de Hacienda descansa plácidamente cada noche, como los ejecutivos de Los canallas duermen en paz, la famosa película de Akira Kurosawa estrenada en 1960. Cuando escalas la cima del poder con una poderosa red preparada para protegerte de cualquier traspiés, la sensación de impunidad no altera los ritmos circadianos. 

Montoro se parece extraordinariamente al Sr. Burns, el malvado propietario de la planta nuclear donde trabaja Homer Simpson. Su media sonrisa, sus manos de seminarista acostumbrado a sobar con las cuentas de un rosario y su mirada burlona de sapo semienterrado en el fango producen los mismos escalofríos que el Nosferatu de Murnau, calvo, demacrado y con orejas puntiagudas. Los malos no suelen tener miedo, pues juegan con ventaja. En España, la separación de poderes solo es un subgénero de la literatura fantástica. La judicatura no oculta su simpatía por la derecha ni su inquina por la izquierda. De ahí que algunos investigados ahuequen su almohada cada noche con la tranquilidad del que no teme al futuro, pues saben que las togas de Mordor velan sus sueños. El poder de la Tierra Negra, un paisaje salpicado de volcanes, cenizas y extrañas criaturas, es invencible, providente y ubicuo. 


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