Cuando el dedo de Trump señala a la luna
Uno de mis libros favoritos el pasado año fue Orbital, la novela de Samantha Harvey. Ambientada en la Estación Espacial Internacional y protagonizada por seis astronautas, en ella no hay sobresaltos, accidentes, extraterrestres ni peleas en gravedad cero, habituales en cualquier narración situada en el espacio. En Orbital solo vemos la rutina de experimentos con ratones y plantas, averías domésticas, conversaciones serenas, recuerdos familiares y, sí, unas bellísimas vistas de la Tierra a través de los ventanales de la Estación, pura poesía si lo lees en el inglés original. Me acompañó en varios viajes en avión, y levantaba cada poco la vista del libro para mirar yo también por la ventanilla, embobado como siempre me embobo mirando la Tierra desde las nubes.
Cuento todo lo anterior para que se entienda mi entusiasmo incondicional con la Misión Artemis II, cuyo despegue seguí con emoción la otra noche junto a mis hijas. Me fascina todo lo que tiene que ver con el espacio, sí, y seguir en tiempo real la actual misión a la Luna acrecienta mi fascinación retrospectiva por las misiones norteamericanas y soviéticas de hace más de medio siglo. Hoy resulta inverosímil que con la tecnología de entonces se llegase tan lejos, a la vista de lo mucho que cuesta enviar un cohete de vuelta pese a que nuestras ingeniería, informática, comunicaciones y conocimiento son infinitamente superiores a los de aquella carrera espacial vintage.
