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Si de verdad fuéramos un país

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08.03.2026

Dice el teorema del mono infinito que un número infinito de monos escribiendo en con un número infinito de máquinas de escribir lograría escribir cualquier texto; esta última semana hemos asistido a una combinatoria parecida con todos los textos posibles sobre la posición de España con respecto a la guerra en Oriente Próximo, lo que ha hecho Sánchez y por qué lo ha hecho, y un número infinito de columnistas podría rellenar un número infinito de periódicos, quién sabe si hasta dar con algo brillante, inusitado, como capaces serían los monos de redactar El Quijote. Leía este domingo cómo, para Ignacio Molina, investigador en el Real Instituto Elcano, era llamativo y triste “que cuatro analistas brillantes [coincidieran] en el prisma perezoso del derrotismo, el complejo de inferioridad y la autodenigración colectiva”. La idea del prisma perezoso es aquella según la cual daría más o menos igual cualquier posicionamiento: todo quedaría reducido a un mero gesto simbólico por la “irrelevancia” global de España, su estatus como país de segunda o tercera fila; por ende, todo movimiento en política exterior tiende a pensarse como sospechosamente cínico, pues no podría estar motivado por una voluntad real de intervenir en los asuntos de política exterior a propósito de los cuales se diera el posicionamiento. Como no podemos parar la guerra, oponernos a ella sería un postureo.

No espero de los dirigentes políticos que estos sean guiados por voluntades puras, ni me imagino que tomen sus decisiones con firmeza idealista, como quien cándidamente esperaría que las personas a las que vota fueran mucho mejores, y más nobles, que una misma; poco interesante me parece el ejercicio de reducir la conversación pública a cuáles son los motivos por los que alguien, en su fuero interno, toma una decisión, escoge decir esto o aquello, y más importantes los efectos que esa decisión produce. En resumen: asisto un poco aburrida y con desinterés a la acumulación de discursos sobre si Sánchez se posiciona de tal o cual manera por conveniencia o con firmeza, por interés o desinteresadamente. La política nunca me parece un juego desinteresado. He aquí uno de los argumentos de la derecha esta semana, al hallarse con el pie cambiado e incómoda ante el acertado posicionamiento en política internacional del Gobierno: la nostalgia del confesor que quiere meterse en mentes ajenas.


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