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Desconectar será un lujo

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22.03.2026

La mercancía ejemplar de nuestro siglo XXI, ahora que hemos empezado a transitar su segundo cuarto, es el tiempo. Lo pienso cuando, sin ser yo madre, veo a padres sentados en una mesa, tomando algo, comiendo o cenando con un hijo, hija, niño, niña o bebé que observa embelesado el contenido de cualquier dispositivo digital, de un iPad, la animación colgada en YouTube generada por alguien o hasta automáticamente. Antes de que se popularizara el uso masivo de herramientas como ChatGPT o Claude, recuerdo, allá por 2017, investigar sobre la más inquietante y perturbadora de todas las polémicas: la que rodeó al Elsagate. ¿Qué fue el Elsagate? Una cantidad aparentemente infinita de vídeos en YouTube, protagonizados por muñecos de Spiderman u otras marcas, marcados como aptos para niños, generados en cantidades industriales y de forma procedimental, cuyo contenido podía incluir “violencia, sexo, incesto, fetiches, uso de drogas, alcohol, humor escatológico, suicidio”. “Algo, o alguien, o una combinación de personas están utilizando YouTube para asustar, traumatizar y maltratar a niños, de forma automática y a gran escala”, escribía James Bridle.

Aquello obligó a YouTube a cerrar varios canales y modificar parte de su normativa, o al menos a aseverar que así lo estaba haciendo. Buena suerte a la plataforma que se enfrente a algo así ahora, si acaso quiere, cuando el acceso a inteligencia artificial generativa está generalizado, el brainrot italiano, tras arrasar con más neuronas que el hábito del botellón, ha cedido su lugar a vídeos cortos de frutas con forma humanoide que le son sistemáticamente infieles a sus maridos en el trabajo —si no os han salido ya vídeos así, por favor, no los busquéis—, huevos a medio cocer o espermatozoides que hablan desde el desagüe en el que caen. Contenido ante el cual uno no puede sino tener la sensación de que se pudre y degrada su cerebro al verlo. Me hallo escindida en dos: por un lado, algo en estos fenómenos me dice que sí son distintos hoy, que no son como era la experiencia de ser pequeña y acceder al mundo cuando yo lo era, o sea, a principios de los 2000, pero sin iPhone y sin iPad. Otra parte piensa que no hay tanta diferencia más allá del ritmo y la aceleración, que ya de por sí pesan: para distraerme y desconectar yo tenía la consola, podía enchufarme a mi GameBoy Advance, después a la Nintendo DS, o acceder a un Internet que en 2007 era salvaje como una jungla.


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