Un error de renderizado
Hace un par de semanas, Irán anunció que había matado a Ben Gvir, a Netanyahu y a David Barnea en una serie de ataques con misiles. Lo vi en Twitter, como se ven ahora casi todas las cosas, y lo primero que hice fue salir de ahí y buscarlo en Google para comprobar si aquello tenía cuerpo fuera de las redes sociales. No lo tenía. Ningún medio, ningún teletipo, ni siquiera la versión prudente de “fuentes sin confirmar” lo secundaba. Así que lo descarté. O eso creí hacer, porque hay noticias que uno no se cree, pero sí se imagina creyendo. Noticias que no quieres que sean verdad, no exactamente, al menos, pero cuya posibilidad te empuja a asomarte un segundo más de la cuenta. No por la muerte en sí, que no arregla nada, más bien por la intuición incómoda de que a veces la historia parece avanzar a saltos, como si se empeñase en proteger a los peores y castigar a los demás con su permanencia en el mundo.
Pensé entonces en aquella fotografía de unos soldados leyendo el periódico el día que el mundo supo que Hitler había muerto. La imagen, con unos militares de piernas cruzadas sujetando el periódico, no mostraba, en absoluto, una celebración desatada. La escena era de alivio contenido, del alivio que se esculpe en el rostro de la gente que no sonríe del todo ante la evidencia, porque todavía no sabe qué es lo que viene después. Una noticia así no arregla el mundo, pero lo mueve un centímetro en la dirección correcta. O eso nos gusta pensar.
