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El negocio de transformar a nuestros niños

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23.09.2026

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para cambiar nuestro cuerpo y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil sentirnos conformes con él. Hoy tenemos medicamentos para adelgazar, procedimientos estéticos cada vez más accesibles, filtros que pueden transformar nuestro rostro en segundos y redes sociales que convierten la apariencia en una medida permanente de aceptación.

Y no hay nada malo en querer sentirnos mejor. Cuidarnos, hacer ejercicio, bajar de peso o acudir a un procedimiento estético son decisiones personales. El problema aparece cuando empezamos a creer que para sentirnos bien necesariamente tenemos que cambiar aquello que somos.

Esa es, en mi opinión, una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Nos dicen que debemos aceptarnos como somos, pero al mismo tiempo estamos rodeados de mensajes que nos recuerdan todo lo que podríamos cambiar. La presión por alcanzar una determinada imagen dejó de ser exclusivamente un asunto de estética y empezó a tocar algo mucho más profundo: nuestra autoestima.

Sin crecimiento no hay paraíso

Y esa conversación adquiere una dimensión completamente distinta cuando hablamos de menores de edad. Porque una cosa es que un adulto decida modificar su cuerpo y otra es que esa discusión llegue a una persona que todavía está atravesando su desarrollo físico, emocional y construyendo su identidad.

Ahí es donde el caso de Samuel Adrián merece una........

© El Universal