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Lecciones del frente frío y la protección costera

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20.03.2026

Solo después de contar con evidencias suficientes resulta responsable referirse a lo ocurrido recientemente en Cartagena con el paso del frente frío. Hoy, tras sus efectos visibles, es claro que el tramo de costa entre Marbella y El Cabrero requiere atención prioritaria por parte de la administración distrital y de los equipos encargados del proyecto de Protección Costera.

Durante los días de mayor intensidad del oleaje se hicieron evidentes fenómenos ampliamente documentados en la dinámica litoral: retroceso de playas, inundaciones en sectores urbanos, afectaciones a la infraestructura, formación de escarpes de erosión y una limitada capacidad del sistema para disipar la energía del oleaje y retener sedimentos. Las consecuencias fueron claras: daños materiales, anegamientos, interrupciones en la movilidad y, de manera simbólica, la desconexión del espolón frente al Hotel La Ermita.

Estos hechos no deberían sorprender. Meses atrás, residentes del sector -entre quienes me incluyo- advertimos sobre la vulnerabilidad de esta franja costera frente a eventos de fuerte oleaje. Sin embargo, dichas alertas no recibieron la atención necesaria por parte de algunos responsables del proyecto de Protección Costera ni del Gran Malecón del Mar, iniciativa que, a la luz de lo ocurrido, merece una revisión puntual en este sector.

Supervivencia emocional

No obstante, también es cierto que las instituciones sólidas se fortalecen cuando aprenden de la evidencia y ajustan sus decisiones. En este caso, además de los impactos negativos, comienzan a observarse señales incipientes de recuperación en ciertos puntos del litoral. Particularmente, frente al Hotel La Ermita, en la zona protegida por el brazo norte del espolón en forma de ‘T’, se evidencia retención de sedimentos y formación inicial de playa. Esto sugiere que, bajo ciertas configuraciones, el sistema puede favorecer procesos de acumulación y estabilización.

La naturaleza ofrece lecciones constantes. Los frentes fríos en el Caribe no son eventos extraordinarios; forman parte del comportamiento climático habitual de la región. Por ello, las obras de protección costera deben diseñarse para resistir y gestionar estos escenarios, no para ser superadas por ellos.

Lo ocurrido plantea preguntas que la ciudad no puede eludir: ¿está funcionando adecuadamente el diseño actual en este tramo? ¿Se logra disipar la energía del oleaje? ¿Se están reteniendo los sedimentos necesarios para estabilizar las playas? ¿O estamos ante un sistema que, en ciertas condiciones, podría incluso aumentar la vulnerabilidad costera?

Cartagena ha realizado inversiones significativas en su proyecto de Protección Costera. Esa inversión exige evaluación permanente, transparencia técnica y, sobre todo, la capacidad institucional de corregir cuando sea necesario.

Las costas urbanas no son únicamente paisajes turísticos. Son sistemas socioecológicos complejos donde interactúan procesos naturales, infraestructura y actividades humanas. Funcionan como barreras naturales que protegen la ciudad, sostienen la economía turística y preservan el valor urbano de sectores tradicionales como Marbella y El Cabrero. Cuando estas defensas fallan, las consecuencias no son solo ambientales, sino también económicas y sociales.

Este episodio debe asumirse como una alerta temprana, no como un hecho aislado. Cartagena aún está a tiempo de aprender, ajustar sus estrategias y fortalecer sus soluciones antes de enfrentar eventos más severos.

Las costas hablan. Y cuando lo hacen con tanta claridad, lo peor que puede hacer una ciudad es no escucharlas.


© El Universal