México ante el espejo del mundial 2026
Hay una paradoja que pocos han querido mirar de frente: México organizará por tercera vez en su historia una Copa del Mundo —algo que ninguna otra nación ha conseguido— y, sin embargo, llegará a ella como un anfitrión disminuido, casi espectral. Será la primera vez que un país rompa ese récord no desde la plenitud, sino desde la sensación íntima de haber extraviado algo esencial. El anfitrión arriba a su propia fiesta como esos personajes de Borges que descubren demasiado tarde que el laberinto no tenía salida.
Durante décadas, el fútbol fue el único territorio donde México podía derrotar a los Estados Unidos con relativa frecuencia y sin complejos. Era una victoria menor, acaso simbólica, pero necesaria: una compensación emocional frente a otras derrotas más profundas. En la cancha se equilibraban, por noventa minutos, las asimetrías económicas, militares y culturales de una relación bilateral marcada por la desproporción. Pero incluso ese reducto terminó por ceder.
Mientras otras naciones utilizaron los Mundiales como punto de partida para modernizar estructuras deportivas y construir proyectos de largo plazo —España después de 1982, Alemania tras la Eurocopa del 2000, incluso Marruecos en años recientes—, México convirtió el fútbol en una industria extraordinariamente rentable y........
