Las palabras crean realidad
Si algo es claro en esta etapa de la historia del país es la afirmación de la filosofía del lenguaje, que señala que las palabras crean realidad. Basta iniciar una conversación acerca de los procesos electorales que hemos vivido y los que vamos a vivir, para verificar que de inmediato se nos ubica en uno de los bandos generados en función de intereses no tan santos. Normalmente económicos e ideológicos.
En alguna de mis reflexiones por este medio hice alusión a la distinción entre política con mayúsculas, la que se interesa por el bien de la polis, y la politiquería, la que busca el poder para lograr objetivos de enriquecimiento personal con los dineros del pueblo. Por eso la politiquería acude al lenguaje de la diatriba, la calumnia, la altisonancia y la vulgaridad; porque la búsqueda obsesiva del poder está lejos de querer que se rija al pueblo con justicia y a los humildes con rectitud, como sabiamente señala el salmista (Salmo 71,1-2).
Una de las características sugestivas de la personalidad de Jesús en los Evangelios es su palabra profética certera, clara y provocadora del efecto que significa. Incluso cuando usa el lenguaje de la metáfora o la parábola es directo y provocador de decisiones y compromisos. En Jesús, el lenguaje reta a la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, porque en ello estriba tener autoridad y no como la de los jefes de las naciones que oprimen y violentan (Mc. 10,42-44)
Sin objetivo. Sin plan. ¿Sin salida?
Qué bien caen las expresiones de la Carta de Santiago en el capítulo tercero acerca de los peligros de la lengua mal utilizada, es decir, de la palabra generadora de discordias y divisiones, porque “donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía (Santiago 3,16-17)
En este mismo sentido las asertivas palabras del papa León en el mensaje de Cuaresma: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”. Si en este momento del país se controlan las palabras que crean resentimientos, distancias y sospechas, incluso al interior de las familias, y se asume el lenguaje ponderado, sereno y desprevenido, que analiza y reflexiona, que acepta y escucha porque sabe compartir sin imponer, discernir para actuar, eludiendo revanchas o luchas sin sentido, entonces es posible que se acerque a cada creyente el Reino que viene.
