Trump se reunió con Xi: más cálculo que cambio de rumbo
China recibió a Trump como a un emperador. La segunda visita del presidente estadounidense a Beijing terminó sin comunicado conjunto, sin acuerdos vinculantes sobre los temas centrales —Taiwán, aranceles, tierras raras— y con las principales disputas intactas. Lo que hubo fue desescalada, estabilización y tiempo ganado. Para Beijing, era exactamente lo que buscaba.
Estados Unidos sigue siendo la potencia número uno del mundo, económica, militar y geopolíticamente. Que así siga siendo lo respaldan dos tercios de la población estadounidense y algo más en el Congreso. Pero para quien ya no es el más innovador ni el más rápido, ese “seguir siendo número uno” significa sobre todo: contener al otro, obstaculizarlo, dificultarle su propio desarrollo. China, con sus 1.400 millones de habitantes, ha avanzado enormemente. Desde el inicio de las reformas económicas en 1978, ha sacado de la pobreza extrema a casi 800 millones de personas que vivían con menos de dos dólares al día, en casas de barro sin agua ni electricidad, y que hoy viven en edificios de concreto, tienen teléfonos inteligentes y mandan a sus hijos a la universidad. China ya no es solo la fábrica del mundo: en áreas como las energías renovables, los autos eléctricos o la robótica ha superado a Estados Unidos. Y sin embargo: medido en paridad de poder adquisitivo, un chino gana en promedio unos 22.000 dólares internacionales al año frente a los 32.000 de un estadounidense, lo que equivale a unos dos tercios del nivel americano. En términos nominales, la brecha es mucho mayor: aproximadamente seis a uno. China sigue siendo la número dos. Por ahora.
Ese era el marco y el trasfondo de la segunda visita de Estado de Donald Trump a Beijing, del 13 al 15 de mayo, un encuentro entre los representantes de los dos países más poderosos del mundo, y según algunos, quizás los más poderosos en toda la historia de la humanidad.
El juicio paralelo de Cicerón
El vicepresidente Han Zheng recibió a Trump en el aeropuerto, no el presidente Xi. Según el protocolo, correcto, pero también un mensaje silencioso de poder: tú vienes a mí.
A la mañana siguiente comenzó la escenificación china: Xi bajó los 39 escalones iluminados en rojo del Gran Palacio del Pueblo con una sincronización perfecta con la llegada de Trump, salva de 21 cañonazos, desfile militar, cientos de niños agitando banderas, niñas sosteniendo flores. Trump levantó el puño, visiblemente emocionado. En el Zhongnanhai, el jardín imperial secreto que casi ningún visitante extranjero ha pisado jamás, Xi invitó a Trump a tocar árboles centenarios. Trump dijo: “Lugar precioso. Me podría acostumbrar.” En el banquete de Estado hubo costillas crujientes de res, una deferencia hacia la conocida preferencia de Trump por la comida americana contundente, además de pato pequinés, langosta y tiramisú. Todo eso no le costó a China nada........
