Entre festejos temerarios y gobiernos incapaces
Ni la ola naranja ni la ajolotización lograron persuadir a los ciudadanos mexicanos que, desde el 11 de junio, han hablado un solo idioma. No fue el de la política, ni el de las campañas permanentes, ni el de las descalificaciones cotidianas. Fue el lenguaje del futbol; el de los abrazos entre desconocidos, ese que convierte las calles en estadios improvisados y congrega a millones de personas —literalmente— celebrando exactamente lo mismo, sin importar por quién votaron.
Mientras en la cancha aparecían los verdaderos héroes, fuera de ella no faltó quien intentara acercarse al reflector mundialista, derrochando el dinero de nuestros impuestos para promocionarse sin ningún rubor. Gobernadores, dirigentes y funcionarios —de todos los partidos— desfilaron por ceremonias, inauguraciones y palcos. Pero ocurrió algo extraordinario: la afición simplemente les quitó el foco........
