Las bolsas del fracaso
La imagen de un presidente dizque católico pavoneándose ante las cámaras entre hileras de cuerpos envueltos en bolsas plásticas blancas, y con el gesto de quien muestra un botín de guerra, no puede ser más tétrica. Ni más indolente. En cualquier civilización, el cadáver marca un límite. A los muertos se les lava, se les nombra, se les cubre.
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Aquí no los cubrieron, sino que los exhibieron como mercancía. La bolsa no era una mortaja sino un empaque. Y caminar entre los cuerpos —incluso de algunos menores— sin siquiera descubrirse la cabeza es faltarle al respeto a un difunto, independientemente de la religión que se profese. Que fueran guerrilleros no exime de nada. Un Estado legítimo se distingue de sus adversarios por cómo trata a los vencidos, aun después de muertos.
No en vano ese inhumano espectáculo ha suscitado las más variadas reacciones. Desde la valerosa Defensora del Pueblo hasta medios como The New York Times, El País de España, The........© El Tiempo
