La paja en el algoritmo ajeno
¿Qué persigue el Gobierno al sembrar dudas sobre el proceso electoral del país que dirige? El Presidente ha cuestionado la fiabilidad del sistema a través de varios trinos y pronunciamientos. “Los algoritmos” no le inspiran confianza. Su partido anuncia que creará una registraduría paralela, promoviendo la especie de que la actual no sirve. Petro incluso ha dicho que entre más mesas de votación sean impugnadas, “mayor claridad” habrá sobre el escrutinio. Sus seguidores seguro lo interpretarán como una invitación a emplear masivamente ese recurso, en cada mesa en que los resultados no sean los que esperan. Por ese motivo, el conteo de hoy puede ser uno de los más conflictivos de la historia.
LÉELA PRIMERO
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Medios como La Silla Vacía han desmentido uno por uno los argumentos del Presidente. La democracia colombiana tiene muchos defectos, pero el conteo de los votos no es uno de ellos. De hecho, la mejor refutación de las insinuaciones del mandatario es que, gracias a ese mismo sistema electoral, él ha podido ser congresista, alcalde y presidente. Si el sistema es ilegítimo, como dice Petro, su presidencia sería ilegítima, por deducción.
Pero mientras el oficialismo se inventa rocambolescas conspiraciones de “algoritmos” que van a robarle votos a su movimiento, calla respecto a los vicios reales del sistema, que no hace nada por enfrentar. No puede, porque participa de ellos. ¿O acaso no hicieron alianzas desde la campaña pasada con agentes del más rancio clientelismo para llegar a la Casa de Nariño, al punto de que uno de sus alfiles, Gustavo Bolívar, dijo que le habían vendido “el alma al diablo”? ¿Acaso no gobierna con el respaldo de los clanes de la contratación? ¿Acaso sus asesores no dijeron que para ganar se justificaba “correr la línea ética”? ¿Acaso no han repartido burocracia y creado miles de puestos innecesarios, con cargo al contribuyente, para consolidar el poder? ¿Acaso no quedó comprobado que la campaña presidencial violó los topes de financiación? ¿Acaso no quedó demostrado que miembros del gabinete compraron congresistas, incluyendo a los presidentes de las dos cámaras, para que apoyaran los proyectos del Gobierno?
¿Y acaso no es un insulto a la democracia –y a la familia de Miguel Uribe– que el Presidente diga, como hizo en Popayán, que la campaña “se ha desarrollado pacíficamente”, cuando, por primera vez en décadas, un candidato fue asesinado?
Es evidente la motivación para buscar la paja en el algoritmo ajeno: de esa manera se desvía la atención de la viga en el movimiento propio. Pues el petrismo comete todas las sinvergüenzuras que antes denunciaba, solo que con mayor desfachatez.
Pero distraernos de esos hechos no es la única función de las acusaciones del Presidente. También hay táctica política detrás. Una base paranoide, convencida –pues su infalible líder se los ha dicho– de que les van a robar las elecciones, es una base espoleada, en pie de lucha, sugestionada para ver fraude hasta donde no lo hubiere. Petro sabe bien cómo manipular a su rebaño.
Y existe, finalmente, una razón adicional para sembrar la desconfianza: abonar el terreno para una futura toma del sistema electoral colombiano. Reemplazar los algoritmos que tanto martirizan al mandatario por nuevas rutinas informáticas, que la cursilería oficial no dudará en denominar “algoritmos soberanos”.
Si algo caracteriza a Petro son sus obsesiones. Si su candidato llega a ganar las presidenciales o si su movimiento tiene suficiente injerencia en el próximo gobierno, el Pacto Histórico insistirá en obtener el control de los mecanismos de escrutinio, para ponerlos en manos de amigos del petrismo. Y devolvernos a los tiempos de “el que escruta elige”.
Hoy hay que votar por poder seguir votando en libertad.
THIERRY WAYS
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