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Algo podrido en Dinamarca

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26.04.2026

Nueva semana, nuevo escándalo. Tal es la cadencia de este gobierno. Esta vez vino por cuenta de Angie Rodríguez, exdirectora del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República (Dapre). Es decir, ex mano derecha de Gustavo Petro. Era tal su estatus dentro del Gobierno que fue la encargada de agitar, sonriendo obsecuentemente al lado de su jefe, la bandera bolivariana de la “guerra a muerte”, aquel día infame en que Petro decidió que ese sería un símbolo de su administración. Ahora es ella quien teme por su vida.

LÉELA PRIMERO

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Las declaraciones que les dio a la revista ‘Semana’ y a otros medios ponen los pelos de punta. Amenazas, extorsiones, espionaje, tráfico de influencias, malversación de fondos, conciertos para delinquir: según los testimonios de Rodríguez, el Palacio de Nariño es el álbum Panini del Código Penal.

Con un agravante, que me parece necesario señalar. El cargo que ahora ocupa Rodríguez, del cual dice que la quieren sacar para apoderarse de la entidad y, presuntamente, desfalcarla, es el de gerente del Fondo de Adaptación, una de las dos instituciones con que cuenta el Estado colombiano para enfrentar el cambio climático. La otra es la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), foco de la mayor trama de corrupción que ha conocido el país en muchos años, por la que ha habido exministros y congresistas privados de la libertad.

Es curioso: el Presidente no pierde oportunidad para sermonearnos sobre la crisis climática, que, dice él, va a acabar con la vida en el planeta Tierra. Es tan grande su inquietud que está dispuesto a arruinar al país, renunciando a los recursos petrolíferos, para salvar a la humanidad. Pero las entidades llamadas a enfrentar el problema son donde se concentran los escándalos más escabrosos de su gobierno.

Petro, sin embargo, tiene margen para la desfachatez. El país parece haber perdido su capacidad para la indignación. De otra manera no se explica que esta ‘progre-dumbre’ —como atinadamente denominó mi colega Mauricio Vargas a estos casi cuatro años de desgobierno—, mantenga, según las encuestas, la aprobación de tres o cuatro de cada diez colombianos. Y que el candidato designado para prolongar el desmadre ocupe los primeros lugares en las encuestas. Iván Cepeda ni siquiera se molesta en rechazar la degeneración a su alrededor. Cuando habla de “revolución ética”, convenientemente olvida que contra lo que hay que rebelarse es contra las mañas que pone en práctica el Gobierno que él representa.

Amenazas, extorsiones, espionaje, tráfico de influencias, malversación de fondos, conciertos para delinquir: según los testimonios de Rodríguez, el Palacio de Nariño es el álbum Panini del Código Penal

Esas mañas, para Angie Rodríguez, llegan hasta el asesinato. Varias veces dio a entender que su vida está en riesgo. Y que si le llega a pasar algo a ella o a su hijo, el culpable estaría en el alto Gobierno. “Esta gente no tiene escrúpulos... en cualquier momento... pasa cualquier cosa, como le sucedió a Miguel Uribe”, dijo, refiriéndose al candidato opositor masacrado el año pasado.

Vaya uno a saber qué cuota de verdad hay en las declaraciones de la funcionaria, que solo decidió hablar ahora que, según ella, está siendo extorsionada. Pero imagínense trabajar en un equipo en el que hay coequiperos dispuestos a matarlo a uno, o que uno está dispuesto a acusar (¿falsamente?) de quererlo asesinar. Esa es la camarilla que el petrismo ha constituido para dirigir al país.

Shakespeare puso en boca de un personaje secundario, un centinela llamado Marcelo, una frase que se hizo célebre: “Hay algo podrido en Dinamarca”. El centinela se refería a la podredumbre de las intrigas palaciegas que, homicidio mediante, habían llevado al trono al usurpador Claudio. La descomposición en ‘Hamlet’, sin embargo, es ‘peccata minuta’ al lado de las denuncias de Rodríguez. Hay algo muy muy podrido en Dinamarca. Y a Dinamarca parece no importarle.

THIERRY WAYS

En X: @tways

tde@thierryw.net

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