Disciplinas
Queridas voces progresistas que se han resignado a criticar las corrupciones rampantes, y las máquinas de propaganda, y los saboteos al sistema de salud, y las afrentas al feminismo, y los ataques a la libertad de expresión, y las dobleces frente al acuerdo de paz con las Farc, y los chantajes con la Constitución de 1991 de estos gobernantes que se creen dueños del progresismo: no son tiempos de exilios, ni de repliegues ni de silencios cómplices, sino de paciencias, de resignaciones a perder lectores y electores, porque hemos vuelto a los días bipartidistas de las “disciplinas para perros” que no ven las críticas como lealtades, sino como traiciones a la causa. Pregúntenles cómo les fue en las elecciones del domingo a las candidatas que se negaron a los dobles raseros. Hoy viven en la dignidad de sus derrotas.
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Cada cuatro años encaramos este fin del mundo. Caemos en la fantasía de que los políticos son los protagonistas –e incluso los líderes– del país. Asentimos ante clichés tan lamentables como “nos quieren poner a escoger entre el sida y la hepatitis B” y “esta es una elección entre el miedo y la esperanza”. Experimentamos un fenómeno psicológico que los gringos llaman “el efecto Forer”: llegamos a las urnas de la segunda vuelta sin tener claro si lo que está en juego es Colombia o nuestra superioridad moral. Después nos toman por sorpresa los resultados de las votaciones: “No puede ser”. Y luego, en la resaca electoral, le vendemos el alma al Mundial de fútbol: ya viene el álbum.
Esta columna está cumpliendo diecisiete años: podría ser la mamá de algunos de sus lectores. Pero no se ha vuelto cínica, no, no creo. Tampoco se ha vuelto automática: “ChatRSR”. Todavía se demora horas en tomar forma en el marco de sus 3.700 caracteres. Todavía cree que las soluciones de derecha no son soluciones. Sigue creyendo que cualquier dilema electoral se resuelve respondiéndose, de cada candidatura, si cree en el acuerdo de paz de la Constitución de 1991; si valora que el pacto del Teatro Colón haya llevado a comandantes de los ejércitos, los frentes y los bloques a reconocer su parte en la salvaje degradación de nuestras guerras; si entiende que ser presidente de este país es tejer la convivencia, sí, no arrasar, sino dar con una política de diálogos que evite –por falaz– el adjetivo “total”.
Algún día volverá a contemplarse la posibilidad de que no todas las críticas vengan de los cómplices de los enemigos.
Sí, esta columna fúnebre sigue queriendo ser un texto frentero pero compasivo sin mirar a quién.
Pero claro: con el paso de estas diez elecciones se ha ido quedando sin héroes y sin villanos, y ahora mismo es más plegaria que columna.
Pide que los políticos que ganen y los políticos que pierdan se dediquen a tratar de entender –a ver si por fin logra detenerse el maldito desangre– por qué han asesinado a veintiocho líderes sociales y por qué han sucedido veintiséis masacres en lo que va de este año de votos. Ruega por que los dos bloques que están revelándose como un par de vértebras de la política colombiana de este siglo, y que están en mora de asumir sus responsabilidades y de reconocerse como parte del establecimiento, no sean más movimientos caudillistas, ni enjambres de mediocres al servicio de los sectarismos ni cultos de una sola mente que lleguen a acabar con lo que hizo el gobierno anterior, sino partidos de verdad que entonces sean capaces de pactar tanto la convivencia como la disciplina institucional.
Queridas voces progresistas que van a criticar a cualquiera que llegue al poder: algún día, cuando estos políticos influenciadores reinventen la rueda de la democracia, volverá a contemplarse la posibilidad de que no todas las críticas vengan de los cómplices de los enemigos. Por lo pronto, no tiene nada de deshonroso este oficio de dejar constancia.
@RSilvaRomero
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