Leer como acto de resistencia
La temperatura necesaria para que arda un libro es 451 grados Fahrenheit, unos 233 grados centígrados. Este número da título a la famosa novela distópica que Ray Bradbury publicara en 1953. Los libros, como vemos en ese relato, son objetos de alta peligrosidad para sistemas dictatoriales. Pero ¿en qué radica realmente el peligro de un libro? Un régimen es, en esencia, la imposición de un sistema altamente impopular bajo la premisa de un falso beneficio colectivo.
(Le puede interesar: Minneapolis es el principio del fin).
El éxito de estos regímenes radica en el control absoluto de la información, impidiendo que el pueblo sea consciente de la trampa. Y la literatura, simple y llanamente, desintegra esa falacia.
Cualquier individuo pensante se convierte de inmediato en blanco para eliminar. Por eso Antonio Machado cruzó la frontera a Francia en 1939 huyendo de la dictadura franquista. Por eso, también, se exilió Gabo en México en 1981, tras asedios del gobierno de Turbay. Y hoy, en el régimen de Trump, circulan listas de libros prohibidos en las bibliotecas públicas de Estados Unidos, censurando libros como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; El cuento de la criada, de Margaret Atwood, y el mismo Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. De igual forma, se redujo la publicación de textos asociados a la cultura latinoamericana.
Estos textos resultan peligrosos porque evidencian las verdaderas intenciones del régimen actual: controlar, reprimir, ahondar las brechas sociales, revivir y legalizar el racismo, la misoginia y la homofobia, beneficiar a los ultrarricos y destruir a la clase media.
La propaganda gubernamental presenta a Trump como emisario de Dios en una “guerra santa” (así lo dijo el secretario de Defensa, Pete Hegseth, a las tropas estadounidenses enviadas a Irán), criminaliza y deshumaniza a los inmigrantes, e instaura a Estados Unidos como la tierra prometida.
La literatura surge hoy en EE. UU. como un refugio ante el horror, como remanso de paz para las mentes magulladas.
La literatura cuestiona ese discurso proestablecimiento, y en democracias sanas, estas críticas no solo se respetan sino que se promueven. Pero cuando el primer mandatario es impopular, incompetente a todas luces y tiene procesos legales pendientes, el pensamiento crítico se vuelve delito.
Como respuesta a este proceso censor, el mayor acto de rebeldía es leer esos libros, discutirlos, escribir al respecto, formar clubes de lectura, mantener activa la conversación para que no se normalice el pensamiento monocromático de idolatría al tirano.
Hoy los estadounidenses están aprendiendo a navegar esta nueva nación sin libertades en un momento en que deben admitir el fracaso de su país como nación libre y democrática. Y es en este proceso donde la lectura de novelas críticas ha renacido como una forma de resistencia.
La sociedad ha reconocido que intercambiar ideas de forma abierta sobre literatura crítica mantiene vivo el tejido social, la solidaridad y la humanidad del otro. Esta resistencia es valiosa, pues el camino más expedito para normalizar el exterminio de los inmigrantes es despojarlos de su humanidad y contar así con el silencio cómplice de una nación unida en torno al odio.
Hoy buscan mantenerse abiertos estos canales de comunicación, la mente alerta, para reaccionar en la medida en que sea posible: ya sea con votaciones masivas por candidatos demócratas, instruyendo a los jóvenes sobre los peligros del fascismo, saliendo masivamente a las calles o creando redes de apoyo a la comunidad inmigrante en las ciudades.
La literatura surge hoy en EE. UU. como un refugio ante el horror, como remanso de paz para las mentes magulladas, donde dar un respiro antes de volver a la lucha por un país ecuánime, justo, incluyente y diverso. Un país donde la discriminación y el odio solo existan en los oscuros capítulos de la historia, no en los titulares del periódico de hoy.
@caidadelatorre
(Lea todas las columnas de María Antonia García de la Torre en EL TIEMPO, aquí)
