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El poder del relato (y sus trampas)

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17.03.2026

Las elecciones se ganan con relatos. Al final, en política no se compite únicamente por el poder: se compite por el sentido. Por la capacidad de interpretar el dolor, nombrar la esperanza, pintar un sueño y ofrecer un camino.

(Le puede interesar: La Gran Consulta).

Hay una diferencia sustancial en el receptor del mensaje. La derecha suele dirigirse al país político –a quienes siguen el debate institucional, económico y de seguridad–, mientras la izquierda le habla al país ciudadano: a la gente de a pie, concentrada en salir adelante.

La narrativa de la derecha gravita hoy en torno a un discurso antipetrista que pone en primer plano las crisis –de seguridad, de salud, fiscal, energética–. Y aunque esas crisis son reales, el sujeto del relato no es la persona, es el problema. Y cuando el problema ocupa el escenario, la gente desaparece del cuadro.

La izquierda les habla directamente a las víctimas, a los pobres, a los excluidos, a quienes sienten que el sistema nunca los ha reconocido ni tenido en cuenta. Evoca la lucha obrera y campesina, la resistencia indígena, el coraje de los jóvenes, la emancipación de las mujeres. Su narrativa no parte del problema, sino de la herida. No enumera crisis; nombra dolores. Y eso genera identidad y pertenencia.

Muchos ciudadanos pueden no sentirse plenamente satisfechos con el gobierno Petro, pero, sin duda, se sienten vistos, reconocidos y dignificados. Y eso, políticamente, es decisivo.

No obstante, hay una debilidad importante en la izquierda: evita hablar de los temas que más aquejan a los ciudadanos hoy –seguridad y salud–, porque tiene pocos resultados que mostrar.

Colombia necesita un relato que ayude a tejer el país. Una dirección que no obligue a escoger entre transformaciones y seguridad.

Otra diferencia clave está en el lenguaje temporal que utilizan. En el relato de la derecha se repiten palabras como “recuperar”, “rescatar” o “devolver”. Verbos que miran hacia atrás y evocan regresar a algo que ya existió. Y aunque hay quienes añoran cierta estabilidad pasada, para amplios sectores el pasado no es un lugar al que quieran volver. La Colombia de hoy no es la de antes del acuerdo de paz ni la de antes del estallido social. El país cambió demográfica, cultural y emocionalmente. La nostalgia no construye futuro. Puede movilizar inconformidad, pero difícilmente siembra esperanza.

En la narrativa de la izquierda, en cambio, resuenan palabras como “revolución” y “transformación”. Más allá de su carga ideológica, proyectan cambio acelerado, movimiento, ruptura y futuro.

Pero hay algo inquietante que ambos relatos comparten. En los dos aparece –de forma explícita o implícita– una trampa peligrosa: la idea de que “todos, menos ellos, caben”. Y el “ellos”, por supuesto, cambia según quien esté hablando.

En medio de esta polarización empieza a abrirse una posibilidad distinta: una opción de centroderecha más coherente con lo que es Colombia hoy. Una apuesta alrededor del “todos”. Una invitación a caminar juntos en medio de la diferencia, que no implica perder identidad, sino ganar comprensión; que permite sumar cicatrices y miradas sin perder de vista el propósito común: Colombia.

La unión entre personas tan distintas como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, lejos de debilitar el mensaje, le da credibilidad. El relato se sostiene con el ejemplo, que es más elocuente que cualquier consigna.

Colombia necesita un relato que ayude a tejer el país. Una dirección que no obligue a escoger entre transformaciones y seguridad –porque un país no puede sostenerse solo sobre una de esas dos dimensiones: necesita ambas–, ni entre un “ellos” y un “nosotros”, sino que se atreva a construir un “todos”.

Quien logre hacerlo no solo ganará la elección, ganará algo más difícil de conquistar en la política colombiana de hoy: legitimidad.

(Lea todas las columnas de Juliana Mejía en EL TIEMPO, aquí)


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