Algo está cambiando
Hay victorias políticas que dicen más de un país que cien encuestas. Las de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, cada una en su escenario, dicen algo importante sobre la Colombia que somos hoy. O, mejor dicho, sobre la Colombia que estamos empezando a ser.
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Durante años nos repetimos que este es un país profundamente machista, conservador en un sentido malo del término, incapaz de aceptar la diferencia. Un país donde la política se decide a punta de prejuicios y donde cualquier rasgo personal puede convertirse en arma arrojadiza. Pero lo que ocurrió en estas consultas cuenta otra historia.
A Paloma Valencia quisieron atacarla por ser mujer. Y no solo eso: por su cuerpo. Alguno creyó que era buena idea caricaturizarla como “la mujer gorda”, como si esa burla infantil fuera argumento político suficiente para desacreditarla. La caricatura de Matador fue apenas el ejemplo más visible de un tipo de agresión que sigue apareciendo cuando una mujer decide disputar poder. Pero lo que vino después fue revelador.
En lugar de quedarse sola, el país reaccionó. Muchos ciudadanos –incluso quienes no votan por ella– salieron a decir lo evidente: que atacar a una mujer por su apariencia física no es humor político, es simple y llanamente degradación del debate público.
Y ocurrió algo más interesante aún: los hombres de su propio partido salieron a cargarle la maleta. Desde Álvaro Uribe hacia abajo. No como gesto conmiserativo, sino como reconocimiento político. Como quien dice: aquí hay liderazgo, aquí hay carácter, aquí hay alguien capaz de dar la pelea. Eso, en la política colombiana, no era obvio hace algunos años.
Por otro lado, la historia de Juan Daniel Oviedo también dice mucho del momento que vive el país. Durante buena parte de su vida ha sido objeto de burlas y ataques por ser un hombre gay. No lo ha ocultado nunca. Tampoco ha intentado disfrazarse para encajar en un molde más cómodo para la política tradicional. Su rasgo más interesante quizá sea ese: la autenticidad.
Oviedo nunca renunció a ser quien es para parecer algo distinto. No bajó el tono de su voz, no cambió su manera de expresarse, no escondió su historia personal para evitar incomodar a ciertos sectores. Simplemente decidió ser él mismo, y Colombia, para sorpresa de algunos, no lo castigó por eso.
Dicen que Colombia empieza –apenas empieza– a dejar atrás algunos de sus prejuicios más viejos y eso, en un país como el nuestro, ya es bastante.
Al contrario. Millones de personas decidieron que lo importante no era su orientación sexual, ni su estilo ni los prejuicios que otros quisieran imponer. Lo importante era su inteligencia, su rigor, su liderazgo.
No lo eligieron “a pesar” de ser gay. Simplemente lo eligieron. Ese detalle –que parece pequeño– es en realidad enorme.
Porque en otro momento de nuestra historia política ambas condiciones habrían sido obstáculos casi insalvables: una mujer sometida a burlas por su cuerpo y un hombre abiertamente homosexual aspirando a liderar. Hoy no lo fueron.
Cuando quisieron atacarlos por lo que son, el país reaccionó de manera distinta. Los defendió. Los arropó. Votó por ellos.
Eso no significa que la discriminación haya desaparecido. Basta asomarse a cualquier red social para comprobar que todavía queda mucho camino por recorrer. Pero sí significa que algo está cambiando. Que cada vez más colombianos entienden que la política debe medirse por las ideas, por el carácter, por la capacidad de liderazgo. No por el género, el cuerpo o la orientación sexual.
Y por eso, más allá de las simpatías o diferencias que cada quien tenga con Paloma Valencia o con Juan Daniel Oviedo, sus triunfos dicen algo positivo sobre el país.
Dicen que Colombia empieza –apenas empieza– a dejar atrás algunos de sus prejuicios más viejos y eso, en un país como el nuestro, ya es bastante. La potencia simbólica de una dupla así no podría habérsela soñado ni la izquierda más progresista. Ya veremos qué pasa...
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