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Si no es Paloma, ¿quién?

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06.03.2026

Según encuestas de opinión y comentarios de analistas políticos, en las presidenciales debemos escoger entre Paloma Valencia, Iván Cepeda y Abelardo de La Espriella, porque entre ellos está el futuro jefe del Estado. Por eso, vale la pena analizar esos tres nombres.

(Le puede interesar: Calidades y requisitos para ser presidente).

Cepeda, candidato de la izquierda, sería ejecutor del modelo populista de Petro, quien es su mayor apoyo político y electoral. Nuestra tradicional vocación democrática nos hace tierra estéril para dictaduras y gobiernos populistas; por eso, no cometeremos el error de votar nuevamente por una forma de gobierno cuyas equivocaciones soportamos y cuya herencia tendrán que pagar el país y manejar quienes lo sucedan en la Casa de Nariño. No podemos apostarle a un segundo período de populismo asistencialista, antisistema y antiestablecimiento como el que presidió Petro, de quien se dice hizo más daño como alcalde y presidente que como guerrillero.

Otro aspirante es De La Espriella, bien conocido por el exmagistrado de la Corte Constitucional, exfiscal general y exministro de Justicia, Dr. Eduardo Montealegre, quien dice que esa candidatura “está inflada, producto del mucho dinero que le está entrando, sería bueno que el Consejo Electoral investigara la financiación de esa campaña... en sus manifestaciones llueven y llueven millones de pesos, millones de dólares… está entrando mucho dinero que él tendrá que explicar de dónde sale, ya que estudios hechos por medios de comunicación independientes indican que la fama de empresario decente no es verdad. Él no tiene cómo justificar esos ingresos” (Semana, ed. del 7 a 14 febrero 2026).

Ante la situación de “despelote electoral” que vivimos, como la llama Alfonso Gómez Méndez, aparece la candidatura de Paloma Valencia, con apoyo político principal del Centro Democrático, pero no únicamente, pues su mensaje y audiencia llegan a otros partidos y sectores de opinión frente a los cuales ha demostrado capacidad de dirección, liderazgo y esperanza real de cambio. El país ve en ella una persona que tiene futuro, sin pasado ni escándalos a cuestas, y que como senadora realizó debates de control político que la convirtieron en líder de la oposición parlamentaria.

Las mujeres en Colombia han conquistado posiciones importantes en los sectores público y privado. En el público se han desempeñado con lujo de competencia en consejos, comunas y localidades de pequeños, medianos municipios y grandes ciudades. Han logrado alcaldías, gerencias de empresas locales, gobernaciones y cargos sobresalientes en las administraciones departamentales. Han llegado al Congreso, a ministerios, embajadas y gerencias de valiosas entidades de carácter nacional. Han sido elegidas vicepresidentas como Francia Márquez, quien no se destacó por falta de apoyo del presidente Petro, y Marta Lucía Ramírez, quien brilló con luz propia a nivel nacional e internacional.

Porque están en juego nuestra democracia y Estado de derecho, Paloma debe ser nuestra primera presidenta.

En el Poder Judicial han sido reconocidas magistradas y presidentas de las altas cortes, sin olvidar que también han escalado posiciones importantes en el sector privado en las áreas económica y financiera. Únicamente les ha faltado llegar a la jefatura del Estado y del Gobierno. Esa oportunidad aparece ahora con serias posibilidades para Paloma Valencia.

No podemos ser inferiores a los 10 países de América Latina que, por elección popular o disposición constitucional, en forma permanente o transitoria, han confiado la dirección de sus estados a distinguidas líderes. Esos países son Argentina, Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Venezuela, Panamá, Honduras, México y Costa Rica.

Por todo lo anterior, y porque también están en juego nuestra democracia y Estado de derecho, Paloma debe ser nuestra primera presidenta.

Y, en todo caso, en la libertad de elegir, es fundamental la participación ciudadana este domingo, sin prevenciones de fraude, sin dejarse amedrentar por los violentos. La democracia es la máxima herramienta de los pueblos para decidir el futuro y hay que usarla bien.

(Lea todas las columnas de Jaime Castro en EL TIEMPO, aquí)


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