Los inquilinos de la noche
La noche ha sido habitada por los músicos desde el comienzo de los tiempos. No es posible imaginar la música popular sino asociada a los bares, los antros, la fiesta o el carnaval. Músico popular que no haya vivido la noche y la calle difícilmente creará algo poderoso.
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Sin el CBGB no habría Ramones, Patti Smith, Talking Heads ni Blondie. Sin The Cavern no habría Beatles. El Cheetah consagró a la salsa nacida de inmigrantes en el Spanish Harlem. Aún más barriobajero, el tango nació en bares y prostíbulos de los arrabales de Buenos Aires como Boca y San Telmo. El afrobeat se tocaba en el club Afrika Shrine y en la zona de la Kalakuta Republic, autodeclarada independiente y donde vivían los miembros de la banda de Fela Kuti en Lagos. El hiphop nace de las block parties de comunidades excluidas afroamericanas y latinas en el Bronx.
A comienzos del siglo pasado Schoenberg tocaba en el Überbrettl, un cabaré literario en Berlín. Erik Satie fue pianista del legendario Le Chat Noir en Montmartre. El jazz floreció en clubes neoyorquinos como el Birdland, el Village Vanguard y el Minton’s Playhouse, en Harlem, cuna del bebop.
La noche desata también la fiesta, la intuición, la emoción, la liberación.
La Cueva era el sitio de bohemia de García Márquez y el Grupo de Barranquilla, donde, en medio de un ambiente caótico más de tienda que de café europeo, se hablaba de béisbol y boxeo tanto o más que de literatura.
Todos ellos, insomnes habitantes de la noche, entendieron que la literatura era más que páginas impresas. El Goce Pagano, icónico espacio de la rumba salsera en Bogotá, publicó Primero estaba el mar, la primera novela de Tomás González, quien trabajaba allí de barman.
Las descargas de Punto Baré han sido la escuela de los mejores músicos de Cali. Un circuito de pequeños bares en Bogotá impulsó a cantautores, rockeros, jazzistas y salseros. Las músicas tradicionales se mantienen vivas en arrullos del Pacífico, alboradas en el Caribe, parrandas vallenatas, parrandos llaneros, ruedas de bullerengue, fiestas populares y carnavales.
Los dioses de muchas culturas suelen ser primordialmente dioses solares, el día y el sol son masculinos. La noche y la luna, femeninos. Transitar por los dominios de la noche tiene sus riesgos, nos enfrenta con la nada, los recuerdos, los miedos, lo monstruoso, pero hay otra cara: más que fuerza y acción, la noche desata también la fiesta, la intuición, la emoción, la liberación.
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