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Realidad, resurrección y cristianismo cultural

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01.04.2026

En Semana Santa celebramos quizá el mayor milagro de todos: Cristo ha resucitado de entre los muertos. Este es el milagro ante el cual muchos de los llamados cristianos culturales titubean. Les gusta el hecho de que fue el cristianismo el que reconoció la dignidad inherente de la mujer, algo que la cultura romana pagana no lograba concebir. Por eso, tantas mujeres estuvieron entre las primeras personas en unirse a lo que en su momento fue una secta errante y sumamente extraña.

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Los cristianos culturales valoran los derechos humanos y la democracia, que deben mucho a la influencia democratizadora del protestantismo. También valoran la caridad cristiana que está incorporada en el Estado de bienestar moderno y en lo que en Colombia llamamos el Estado social de derecho (aunque se crea un estado laico). Pero los cristianos culturales no logran realmente lidiar con los milagros. La Navidad, a pesar de celebrar el nacimiento virginal, suele recibir un trato indulgente, quizá por el buen ánimo general con el que se asocia. Incluso personas no cristianas han sabido disfrutar de los sentimientos y las solidaridades que parecen fluir con mayor generosidad en esa época.

¿Pero la Semana Santa? ¿La celebración de una resurrección? Ese ya es un milagro demasiado grande. Los cristianos culturales podrían aceptar, si no el nacimiento virginal o la Encarnación, al menos un nacimiento común pero mitologizado de un maestro especial, si no del mismísimo Hijo de Dios. Pero lo que no pueden admitir es que alguien, cualquier persona, sufra, sea crucificada, muera y luego regrese a la vida tres días después. Creer en eso es, insisten, a pesar de reconocer los beneficios colaterales y culturales del cristianismo, creer en cuentos de hadas. Aquí yo preguntaría: ¿es eso realmente tan malo?

En Ortodoxia, publicada a comienzos del siglo XX, G. K. Chesterton hace una distinción maravillosa entre la necesidad real y la llamada necesidad. Por necesidad real, dos y uno son tres, dice. No hay forma de negarlo: es matemático. Luego pasa a los cuentos de hadas. Si las hermanastras son mayores que Cenicienta, observa, entonces necesariamente Cenicienta es menor que ellas. La necesidad también opera en esas relaciones, incluso en el mundo de la fantasía.

La realidad es, en otras palabras, un milagro. Pero como la experimentamos cada día, nos habituamos a ella y dejamos de percibir su carácter milagroso.

El problema de los llamados cristianos culturales es que se aferran a la idea de que la necesidad rige el mundo, que el mundo en el que vivimos está estructurado por la misma necesidad que vemos en las matemáticas y en los cuentos de hadas. Pero nuestro mundo no está estructurado por tal necesidad. Entendido esto, se puede entender que la resurrección no es un milagro que ridiculice el ordenado mundo de la naturaleza. Es un milagro sobresaliente en un mundo que se malinterpreta profundamente si no se comprende con claridad, ante todo, como nada distinto de un mundo milagroso: un mundo de milagros de principio a fin.

Chesterton nos recuerda que los hombres de ciencia, hombres –y por supuesto mujeres– cuyo oficio es determinar la naturaleza de la realidad, insisten en la necesidad de las cosas, como la supuesta necesidad de que, cuando una manzana cae de un árbol, debe golpear el suelo. Porque es necesario, dicen. Es una ley, dicen. El huevo se convierte en gallina, observan, y lo explican como el orden natural y determinado de las cosas. Pero, ¿quién lo determinó? ¿En qué sentido es natural? Pues, aunque conocemos algo de las etapas por las que pasa una forma de vida en su camino (por ejemplo, de ser un huevo a convertirse en una gallina), no sabemos exactamente cómo ocurre el proceso. Desde luego, estamos muy lejos de poder hacerlo ocurrir nosotros mismos.

Así, si fuéramos honestos con nosotros mismos, tendríamos que admitir que muchas de las cosas sobre las que creemos tener conocimiento son en realidad misterios, y ocurren no por necesidad, no por alguna ley de la naturaleza. Claro que ocurren, sino como resultado de algo parecido a la magia. Los estadísticos más rigurosos señalan que no debemos confundir correlación con causalidad. Así es. Y, al final del día, todo lo que vemos, todo aquello que nos decimos que es causado (¿Pero por qué causa primera? Nadie, ni siquiera los teóricos del Big Bang, puede decirlo), es en realidad correlación, asociación. Está ahí, estamos aquí –bueno–, no hay otra forma de decirlo: por magia, por milagros.

Llamamos natural a la realidad y relegamos los milagros al ámbito de lo sobrenatural, de los cuentos de hadas. Pero pensar así es no captar que lo natural es siempre ya sobrenatural. La realidad es, en otras palabras, un milagro. Pero, como es real, como la experimentamos cada día, nos habituamos a ella y dejamos de percibir su carácter milagroso, el hecho de que es un milagro que existe solo porque cada día Dios quiere que exista. De lo contrario, simplemente no habría nada.

La Semana Santa, la Resurrección, es un milagro que quienes tienen una mentalidad fríamente científica intentan negar e incluso ridiculizar, pues se niegan a sí mismos la libertad de creer en milagros. Están encerrados en una prisión de su propia creación. Pero para quienes aún son libres, el milagro de la Pascua puede revitalizarnos: nos recuerda y nos despierta al milagro que es la vida, que son nuestras vidas; y nos llama a vivirlas plenamente, perdonados y –no menos importante– perdonando.

Feliz Pascua.


© El Tiempo