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Lobo Antunes

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20.03.2026

Se fue António Lobo Antunes, es un decir, permanece en sus libros y sus lectores de culto. A la literatura de hoy, tan codiciosa del éxito, comercial sobre todo, el escritor portugués fue un paradigma, su obra es un compendio de radicalidad creativa, pues siempre forjó su propia moral estética fundada en la disonancia interior que denominaba “un delirio controlado”.

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Lejos de satisfacer las veleidades del facilismo o las modas del momento, el lector de su obra debe asumir el riesgo de entrar en un bosque laberíntico que vertiginosamente lo transporta a la luz que implica todo paraíso o infierno, pensaba que cada día era más difícil escribir, más desgarrador, su voz se levanta con un raro resplandor en medio de las ruinas de gran parte de la literatura contemporánea.

Hay que agradecer su carácter neurótico y subversivo, en el sentido más profundo de la libertad. Estuvo más de dos años en la guerra de Angola, muy joven, luchando por unos ideales que no eran los suyos.

Murió a los 83 años, pero siempre fue frentero e irónico.

En La tierra del fin del mundo se sumergió en la colonización y la muerte, fue médico y psiquiatra; en Conocimiento del infierno plasmó su experiencia en un manicomio de Lisboa; en Manual de inquisidores trazó el mapa de una dictadura a través de los cancerberos del régimen; en Tratado de las pasiones humanas, a un juez y un terrorista, amigos de infancia, los une un destino amargo y cruel.

Nacido en Benfica, dijo: “Lisboa es una ciudad sumergida, señor; el agua se cierra sobre nuestras cabezas, las nubes no son más que bancos de limos que flotan”.

Quería renovar el arte novelesco a través de “nuestras grandes miserias y nuestras pequeñas grandezas”, unió lo autobiográfico con la ficción, experimentó con voces simultáneas en tiempos distintos, bramó obsesiones y conjuros, un lenguaje poderoso se cernía sobre la emocionalidad humana y sus brumas llameantes: “El corazón tiene tantas habitaciones como una casa de putas”, gruñó y a los críticos les endilgó que no teñían ideas, “sino teorías, donde tratan de encasillarlo a uno con adjetivos”. Desde su primera novela, Memoria de elefante, aspiró a que en el silencio de sus páginas el lector escribiera su propio libro.

Murió a los 83 años, pero siempre fue frentero e irónico; el dolor que le causó un niño de tres años con cáncer, al que le tenían que aplicar morfina, lo llevó a decir: “La única razón porque perdono a Dios es porque no existe”.

(Lea todas las columnas de Alfonso Carvajal en EL TIEMPO, aquí)


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