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Yo fui gorda y tuve una casa. Ahora ya no sé dónde ir

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15.08.2026

Opinión Yo fui gorda y tuve una casa. Ahora ya no sé dónde ir

En mi armario hay una prenda que no me vale.

No es lo que estás pensando. No la guardo para cuando adelgace: me viene grande. Es de cuando yo era otra, de cuando ocupaba otro sitio en las fotos. Llevo un par de años sin ponérmela y sin poder tirarla.

Ahí empieza todo esto, aunque he tardado bastante en verlo.

No voy a contar por qué cambió mi cuerpo. No es asunto de nadie y, además, cada vez que lo cuento la conversación se va detrás de eso y ya no vuelve. Lo único que importa es lo que vino después: que en algún momento dejé de saber dónde ponerme.

Lo que echo de menos no es que me llamen gorda. Es el sitio donde podía contar cualquiera de estas cosas sin empezar por explicarme

Hace unos meses, en una cena, una mujer a la que acababa de conocer se rió de otra que pasaba por la calle. Después me miró, esperando que me riera con ella.

No dijo nada de mí. Ese era el problema.

Casi todo el mundo guarda la ropa al revés que yo. Una talla menos, al fondo del armario, para el verano que viene o para la boda del año que viene. Eso lo entiendo perfectamente, porque también lo hice: es una manera muy eficaz de partir el tiempo en dos. Un ahora provisional y un después verdadero, y todo lo bueno esperando allí. El viaje, la foto, la piscina, el sexo con la luz encendida.

Lo que no entiendo es lo mío. Yo guardo la de antes.

Y hace meses que le doy vueltas a una pregunta que no consigo dejar bien puesta. Algo así como: qué haces cuando vuelves a un sitio que ayudaste a levantar y de repente no sabes si todavía es tu sitio.

Escrita así suena razonable. A las tres de la mañana suena a otra cosa: a quedarse en la puerta un segundo de más, calculando.

Antes de la escuela y antes de la consulta médica hay una mesa.

Cualquiera que haya escuchado a mujeres gordas contar su infancia conoce la escena. Se repite hasta el aburrimiento. Alguien de la familia nos hizo saber, muy pronto, que nuestro cuerpo era un problema. A veces con una frase. A veces con un plato distinto. A veces solo con una mirada al pasar.

Y casi siempre lo dijo una mujer. La madre, la abuela, la tía, la vecina

Durante años yo contaba esto con rabia. Me salía solo.

La escritora francesa Gabrielle Deydier lo resolvió hace casi diez años con cuatro palabras: no se nace gorda. Se llega a serlo. Y se llega, casi siempre, desde dentro de casa.

Hay que decir enseguida lo que eso no significa, porque el malentendido está servido y me da miedo dejarlo abierto. No significa que la familia invente la gordofobia. Significa lo contrario, y me costó bastante entenderlo. Si esto aparece ya en la cocina, en el regazo, en la primera frase cariñosa, es porque la gordofobia está tan metida en todas partes que no necesita esperar a la escuela. La familia no la inventa: solo mide hasta dónde ha calado.

Y la madre que mide a la hija fue medida antes por la suya. Solo repiten patrones. A esas mujeres se les encargó vigilar los cuerpos de todas. Y luego se les pasó la factura.

Creo que ahí está lo primero que muchas aprendimos sobre tener un sitio: que el de la mesa venía con una condición pegada. Que había una versión de ti que sería querida sin reservas, y que no eras tú, por lo menos no así.

Si esa fue nuestra primera casa, no me extraña nada que después busquemos otra.

El cuerpo se va antes que la memoria

Esto es lo que peor sé explicar, así que voy despacio.

Un cuerpo puede cambiar en dos años. La memoria de ese cuerpo, no.

Esa niña que aprendió a la salida del colegio que........

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