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Qué diría Cerdà sobre los ejes verdes: un libro monumental apunta varias respuestas

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09.04.2026

Qué diría Cerdà sobre los ejes verdes: un libro monumental apunta varias respuestas

Barcelona retoma (y van seis intentos ya) el reto de erigir un monumento a Cerdà

¿Dónde vivió Ildefons Cerdà? Raval, Gòtic y, por fin, en el Eixample

Consell de Cent, casi esquina con Llúria, el cruce en el que nació el Eixample. / JORDI COTRINA

Ildefons Cerdà tuvo en revelación, laica, por supuesto, en 1844. Asistió a la inauguración de un tramo de la línea de ferrocarril de la Compagnie du Midi. Él, que era de un pequeño pueblo, Centelles, se quedó maravillado ante aquel ingenio capaz de mover grandes cantidades de mercancías, donde, además, “iban y venían multitudes de viajeros que parecían poblaciones enteras ambulantes cambiando apresuradamente de domicilio”. Aquella epifanía es uno de los cimientos del Eixample, porque Cerdà comprendió que lo que hoy llamamos movilidad, que hasta tiene una concejalía propia en ciudades como Barcelona, sería uno de los pilares de las ciudades del futuro. Pero no el único. Acaban de publicar la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y Abacus el más exhaustivo estudio sobre la vida y la obra del padre del Eixample, una obra con aproximaciones inéditas hasta la fecha.

Un libro monumental, adjetivo oportuno como nunca porque la semana que viene tiene previsto el Ayuntamiento de Barcelona anunciar el que será el sexto intento en 142 años de que Cerdà tenga un escultura que le honre ‘comme il faut’. Solo la tuvo 14 años, entre 1957 y 1971, en la siempre espantosa plaza que lleva su nombre.

De las 537 páginas en las que el ingeniero Francesc Magrinyà ha condensado esta biografía profesional y personal (Teoría Cerdà, la revolución urbana e industrial, ese es el título), la del episodio dedicado a Nimes es solo un apunte que da pie a abordar cómo aquella suerte de Charles Darwin del urbanismo trató de conciliar la necesidad de garantizar la movilidad en la nueva Barcelona sin que ello fuera en detrimento de la vida vecinal, una cuestión, resulta obvio, muy actual, porque aún resuenan los ecos de quienes poco antes de las últimas elecciones municipales denunciaban que los ejes verdes del Eixample eran poco menos que una traición a Cerdà y que, en resumen, se había roto la democrática igualdad de todas las calles, como si el paseo de Gràcia fuera, dicho con todos los respetos, equivalente a la calle de Castillejos.

Sin que ese sea el propósito del libro, el debate está ahí. Por una parte, porque subraya hasta qué nivel Cerdà insistió en que esta fuera una ciudad verde (…“las plantaciones de árboles son el medio más eficaz de prevenir la infección del suelo, de sanear el terreno y hasta de purificar la atmósfera”…) y, por otra, porque él mismo daba por hecho que, aunque el sistema cuadricular evita que pudiera haber a priori calles preferenciales, eso terminaría por suceder de forma natural, “por ciertos hábitos y costumbres” o por la presencia de “edificios especiales”. Así fue.

Cuatro recreaciones de ideas planteadas por Cerdà para las intersecciones de calles. / MAGRINYÀ I TARRAGÓ

¿Previó calles como Consell de Cent, Rocafort, Borrell o Girona, de prioridad invertida, en la que el peatón es la base de la pirámide de la movilidad y el coche el último invitado admitido? Sí y no. De entrada, Cerdà no conoció los coches. Murió en 1876 y el primer automóvil que rodó sobre una carretera lo hizo en Alemania en 1888. Eso sí, calculó la anchura de las calles para que facilitaran el paso de los carruajes, pero en la ingente cantidad de escritos y planos que elaboró a lo largo de su vida ha reparado Magrinyà en algunas de las soluciones que propuso para la intersección de algunas calles, que imaginó casi como pequeñas plazas, algo que los ejes verdes han regalado a los vecinos del Eixample.

Esta gigante aproximación a Cerdà que es el libro recién salido de la imprenta dedica, cómo no, una profunda reflexión a las causas por las que alguien tan capital en la historia de esta ciudad fue tratado durante más de un siglo casi un paria. Nació tras la efímera vida de la Constitución de Cádiz y murió casi a la par que la Primera República. Fue contemporáneo de Darwin, Karl Marx y Ferdinand Lesseps (a quién casi seguro conoció durante su etapa barcelonesa y que probablemente coincidieran más de una vez en el restaurante 7 Portes), y, a su manera, formó parte de una generación de una generación notable del siglo XIX, la del higienista promotor de la caída de las murallas de Barcelona Pedro Felipe Monlau, el economista e inventor de la peseta Laureano Figuerola, el desamortizador Pascual Madoz y, por supuesto, Francesc Pi i Margall. Cerdà era ingeniero, pero no solo ingeniero. Cuando inició los estudios de esa disciplina tenía ya en su haber conocimientos de latín, náutica, matemáticas y filosofía. Por esto último mantuvo una estrecha relación con Jaume Balmes, a pesar de que ambos estuvieran afincados en las antípodas ideológicas.

Dos ejemplos de sección de calles, tal y como las concibió Cerdà. / ATLAS DEL ANTEPROYECTO DEL ENSANCHE DE BARCELONA

Su tragedia fue que en la etapa final de su vida y, sobre todo, tras su muerte, se desencadenó un irracional odio cartaginés contra su obra, que comenzó, sobre todo, Pau Milà i Fontanals, pero que alcanzó su cima como Josep Puig i Cadafalch, que ha pasado a la historia de las infamias por ordenar la compra y destrucción de todos los volúmenes posibles de la Teoría General de la Urbanización (TGU) en la que Cerdà exponía todas las investigaciones que dieron pie al nacimiento del Eixample.

Aquel ‘delenda est Cerdà’ que encabezó Puig i Cadafalch nada tuvo que envidiar del de Catón. Tanto es así que la TGU no volvió a ser impresa hasta 1971 y no fue hasta 1988 que otras obras cruciales de Cerdà fueron descubiertas casualmente en un archivo de Alcalà de Henares. A ellas dedica Magrinyà parte de su libro.

Uno de los textos extraviados durante años de la prolífica obra de Cerdà. / Magrinyà

Concibió el Eixample para que fuera un perfecto equilibrio de densidad y salud, sostiene el autor. Aquel empeño muy pronto se pervirtió por las ambiciones inmobiliarias y por la modificación de las normas urbanísticas, cuando no por las ganas de llevar la contraria de las ‘estrellas’ del modernismo, Puig i Cadafalch entre ellas, quien, por ejemplo, hizo trampas con las normas de altura en la Casa Amatller.

La evolución del Eixample

Las ocasiones en que el Eixample, a lo largo de su historia, ha sido (por no usar verbos más ofensivos) empeorado han sido muchas. Nació como una nueva Barcelona de una altura moderada y, con el paso de las décadas, creció en metros y, claro, en densidad. En 1900 era un distrito de 158.000 habitantes. En 1930, eran ya el doble, 311.000, unos 60.000 más que en la actualidad. Durante la segunda mitad del siglo XX llegaron las por todos conocidas ‘remuntes’, pero una de las virtudes de Magrinyà es que aborda una cuestión poco o nada abordada, el impacto de la constructora Núñez y Navarro en el paisaje del Eixample, que llevó las ordenanzas de edificabilidad más allá del sentido común. Aprovechó el plus de altura que se concedía a las fincas de los chaflanes para extenderlo a los solares colindantes que previamente también había adquirido. La esquina de Bruc con València es un ejemplo descomunal de esa treta.

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La próxima semana, lo dicho, con motivo de la presentación de un nuevo Any Cerdà, el ayuntamiento dará a conocer cómo pretende, por sexta y espera que definitiva vez, erigir un monumento a Cerdà. Serà, al parecer, en el corazón del Eixample. Su aspecto, vista la errática trayectoria del arte urbano en esta ciudad, invita quizá a recelar. Por eso no está de más repescar lo que el gran ‘cerdanista’ que fue Fabián Estapé dijo en una ocasión, que ese monumento ya existe. Es su propia obra: “La tarea de Cerdá fue casi inhumana, y por serlo tuvo que pagar un altísimo precio de incomprensiones, injurias e ingratitudes. Pero estimo que Ildefonso Cerdá merece cualquier cosa menos compasión. Cuando puede observarse una relación de causa-efecto entre la vocación libremente elegida y los resultados conseguidos, el sentimiento que ha de brotar es el de admiración y no el de conmiseración. En cierto modo, Ildefonso Cerdà fue un iluminado que tuvo tiempo suficiente, a pesar de todo, para contemplar los resultados de sus esfuerzos”. Eso dijo.

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