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Asuntos internos y partidos

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27.07.2025

Valentí Puig

Escritor y periodista.

Escritor y periodista.

Noelia Núñez / Cuatro

Sube la fiebre con la epidemia de hipercurrículums. Llegan en tropel a las empresas, circulan ostentosamente por Linkedln, pasan por el registro de entrada de las instituciones, los partidos los coleccionan. Son una prueba más del desprestigio del sistema educativo, porque ya no basta con ser licenciado en derecho: hay que haber cursado estudios de sociología recreativa, tramitar un diploma de escuela de verano en derecho emocional y tener un certificado de metafísica eólica. Vale para los aspirantes a todo, periodistas, políticos, mediopensionistas. Dime cuántas líneas tiene tu currículum y te diré a qué cola tienes que ponerte, porque el ascensor está averiado.

Con un mercado tan competitivo y con universidades de listón tan bajo, el hipercurrículum pretende suplir la experiencia, la voluntad de superarse, el tiempo dedicado a hacer las cosas bien. La ambición es legítima aunque, con tantos eufemismos, los currículums pervierten el lenguaje y, fatalmente, pierden credibilidad. Habrá que volver a los exámenes orales ante tribunales severos, a los bachilleratos que garantizaban una relación entre conocimiento y titularidad, precisamente en un momento en que algunos doctorandos han descubierto que ChatGPT les puede redactar la tesis.

En los partidos políticos la epidemia del hipercurrículum se suma a males peores, sobre todo la corrupción, en sus dos vertientes, la del que roba para su bolsillo y la del que hurta para la financiación de su partido. Es tan persistente que algunos tratadistas la consideran sistémica, desde ya antes de los 'Anales' de Tácito, pero estamos en el siglo XXI y la tecnología puede atornillar mejor los controles anticorrupción, al menos hasta que los 'hackers' los desencripten. Mientras, la corrupción hunde partidos, trastoca el mapa político de las naciones y desengaña a los ciudadanos que pagan sus impuestos.

A los partidos se les puede exigir más excelencia y filtro meritocrático. Los sistemas democráticos han hecho notables avances con el sufragio universal, el voto secreto. La figura del cacique es hoy la de un tecnócrata. A su vez, las opiniones públicas –contra o a favor de Juana Rivas o la inmigración- son extremadamente volátiles. Tiene que ver con el descrédito de los partidos políticos, del que se aprovechan tribunos de 'reality show'. La partitocracia lo politiza todo: el sistema judicial, los medios públicos de comunicación, la relación entre política y poder económico y, más que nada, la corrupción. En su día, se idealizaron las elecciones primarias, pero con eso no bastaba. Lo que la política necesita es meritocracia y transparencia, frente a la estrategia de los lobis, la titulitis, el 'y tú más' y la picaresca cleptocrática.

Aunque los partidos mejoren sus filtros internos el ciudadano sospecha que la conveniencia acaba saltándose la norma. Llegados a este punto, a imitación de los cuerpos de policía, los partidos políticos relevantes necesitan de una unidad de asuntos internos que indague, fiscalice e informe con autonomía. Los barridos de la inteligencia artificial pueden ser útiles. Recomience el reformismo por el autocontrol de los partidos para que no se perpetúe la ley de hierro de la oligarquía y la posdemocracia no sea una cáscara llena de currículums vacíos.

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